En memoria mía
Un libro de Juan Rubio Fernández (PPC, 2009). La recensión es de José Ramón Amor Pan.

(José Ramón Amor Pan) Como cada vez que se convoca un “año de”, abundan las obras relacionadas con este Año Sacerdotal al que nos ha convocado Benedicto XVI con ocasión del 150º aniversario del dies natalis de Juan María Vianney, santo patrón de los párrocos del mundo, un evento que –como sabemos– dio comienzo el 19 de junio último, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús –jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero– y que concluirá en la misma fecha de este 2010. Este Año –en palabras del Papa– desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo actual sea más intenso e incisivo. Pues bien, este libro del director de Vida Nueva que ahora ve la luz se enmarca en ese contexto y en él debe ser valorado y entendido.
Aun cuando el subtítulo (Fragmentos de la vida de un cura) pudiera llevar a engaño, el texto es una creación literaria, como bien se encarga de señalar el autor en el prólogo. Y si la ficción es o no sinónimo de realidad, es cuestión siempre debatida en los cenáculos de la crítica literaria, como nos recuerda Juan Rubio apoyándose en Vargas Llosa. Probablemente, en esta elección del género literario esté uno de los mayores aciertos del autor y, también, una –si no la única– insuficiencia del mismo. Porque esta forma literaria le da una mayor agilidad y verosimilitud a las ideas que vehicula, torna la obra en un espejo en el que el lector puede verse reflejado con pasmosa facilidad; atrae, cautiva y entretiene, que es una de las primeras obligaciones de todo escritor.
Gozos y sombras
El protagonista del libro, Mario, representa uno de tantos sacerdotes de España, un cura común, ajado por los años pero con la entrega intacta, nos dice Rubio. “Mario representa los gozos y las sombras del sacerdocio en el último medio siglo en España. Mario somos todos y nadie a la vez. Es un paradigma de alguien que se ilusionó con la reforma conciliar y que hoy, desde la atalaya de sus setenta años, se abriga de recuerdos en el duro invierno eclesial”.
Hay escenas preciosas, muy bien logradas, como la del cura roto, la muerte de Paquito o la visita de los tres seminaristas (ésta última absolutamente genial). Me hubiera gustado, por ello mismo, que el autor hubiera llevado un poco más allá este hilo de realidad, auténtica sal y pimienta de su obra, y que el ejercicio de pura meditación hubiese quedado situado mucho más en un segundo plano, porque realmente es lo que diferencia a éste de la pléyade de libros que se están publicando sobre esta temática y lo que lo convierte en un producto apetitoso en medio de tanta oferta sosa y casi sin sabor. Como con la última página, de neto sabor mariano, traída por los pelos, cuando hubiera sido mucho mejor situarla en el cuerpo del libro y con un pie vital que diese lugar a introducir el papel de María en la vida del sacerdote de una manera mucho más existencial y oportuna. Con todo, este desiderátum expresado en alta voz en nada anula lo sustancial: que estamos ante un librito muy interesante en su forma y en su contenido.
Respecto al contenido, tres calas serán más que suficientes para apreciar la calidad del producto. “Me resisto a creer en una Iglesia madrastra, inquisidora y siempre oteando para el castigo. Creo en una Iglesia humana, rincón de ternura, recinto de perdón, taller de servicio”. Vamos con la segunda: “Derrochar caridad, hablar menos, alentar, tener y dar paz, edificar (…) son propuestas en la Iglesia para trazar rutas que liberen del miedo y no enroquen a la Iglesia en dinámicas agresivas y enervantes, que debilitan, agotan y hastían”. Y la última: “‘¡Capitán, mande firmes!’ a tirios y troyanos, con el yugo de la intriga y la amenaza. ‘¡Mande firmes!’. A teólogos, escritores, predicadores, periodistas, escribientes, secretarios y copistas”.
En fin, un libro cuya lectura, por tanto, es recomendable. Admira el manejo de la lengua castellana que el autor evidencia página tras página tanto, quizás, negro sobre blanco, como su inestimable capacidad para expresar verdades profundas. Y es que, como el mismo autor señala en su prólogo, “la ficción es terreno de la verdad y de la libertad”.
En el nº 2.696 de Vida Nueva.









