Iglesia en España

La CEE y el Ministerio ya han iniciado los contactos a favor del pacto educativo

“No se trata de ver quién tiene más influencia, sino del bien común”, señala el secretario general del Episcopado

Fernando Giménez Barriocanal, vicesecretario de Asuntos Económicos, y José María Gil Tamayo, secretario general de la Conferencia Episcopal Española CEE, rueda de prensa Madrid Asamblea Plenaria noviembre 2016

Fernando Giménez Barriocanal y José María Gil Tamayo, en rueda de prensa hoy en Madrid

M. GÓMEZ | La Conferencia Episcopal Española (CEE) y el Ministerio de Educación han iniciado contactos en aras de un pacto educativo que “de una vez por todas arregle esta situación: no podemos seguir al vaivén de las ideologías imperantes”. Así lo ha confirmado, en rueda de prensa celebrada en Madrid hoy lunes 28 de noviembre, el secretario general de la CEE, José María Gil Tamayo. Él mismo partició en una reunión con el ministro Íñigo Méndez de Vigo, junto al presidente y el director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, César Franco y José Luis García, respectivamente. Una reunión que tuvo lugar, según indicó Gil Tamayo, el 18 de octubre, mientras el Gobierno estaba todavía en funciones.

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Texto íntegro del discurso del cardenal Blázquez en la inauguración de la 108ª Asamblea Plenaria de la CEE (noviembre 2016)

cardenal Ricardo Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal Española, en el discurso inaugural de la 108 Asamblea Plenaria de los Obispos 21 noviembre 2016

1. Saludos

Saludo en primer lugar a los hermanos en el Episcopado y les doy la bienvenida a esta Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española que hoy iniciamos.

Nada más comenzar, haciéndome eco del sentir de todos los miembros de nuestra Asamblea, quiero expresar nuestra afectuosa felicitación al recién nombrado cardenal D. Carlos Osoro Sierra, arzobispo de Madrid y vicepresidente de nuestra Conferencia, quien anteayer recibió de manos del papa Francisco la birreta y el título cardenalicio. Su designación es un reconocimiento no solo de su persona y de la diócesis madrileña, sino también de la Iglesia en España, reforzando aún más nuestra adhesión al sucesor del apóstol Pedro en la sede de Roma. Excusamos la presencia hoy entre nosotros del nuevo cardenal, motivada por su participación en Roma en los trabajos de la Secretaría del Sínodo de los Obispos, de la que es miembro.

Como siempre, también en nombre de todos, deseo expresar nuestra gratitud a quienes con generosidad y competencia trabajan en los diversos servicios de esta Casa de la Iglesia. A cuantos comunicadores cubren habitualmente las tareas de la Conferencia Episcopal expreso mi respeto y gratitud por su trabajo.

Doy un saludo especial a los obispos que, representando a otras conferencias episcopales, han aceptado la invitación de compartir estas jornadas con nosotros.

Reciban también un fraterno saludo de bienvenida y de felicitación los nuevos obispos nombrados después de nuestra anterior Asamblea Plenaria: Mons. D. Manuel Herrero Fernández, OSA, obispo de Palencia, y Mons. Arturo Pablo Ros Murgadas, obispo auxiliar de Valencia.

Un saludo también a quienes recientemente han pasado a ejercer el ministerio en nuevas sedes episcopales: Mons. D. Carlos Manuel Escribano Subías en la de Calahorra y La Calzada-Logroño, y Mons. D. Javier Salinas Viñals como auxiliar de Valencia. Hago extensivo estos deseos a Mons. Sebastián Taltavull Anglada, obispo auxiliar de Barcelona y administrador apostólico de Mallorca.

Nuestro saludo y felicitación fraterna a los obispos nombrados las pasadas semanas y que, antes de su ordenación episcopal, nos acompañan al inicio de esta Asamblea: Mons. Francisco Simón Conesa Ferrer, nombrado obispo de Menorca el día 27 de octubre, y Mons. Antonio Gómez Cantero, nombrado el pasado día 17 de noviembre obispo de Teruel y Albarracín.

A todos ellos queremos mostrar nuestra fraternidad en el ministerio episcopal.

Saludo cordialmente a los Ilmos. administradores diocesanos que están actualmente al frente de sus respectivas diócesis: D. Gerardo Villalonga Hellín, de la diócesis de Menorca; D. Francisco Rico Bayo, de Plasencia; y D. Gabriel-Ángel Rodríguez Millán, de Osma-Soria. ¡Bienvenidos a esta Asamblea!

Saludo cordialmente a la representación de la Conferencia Española de Religiosos (CONFER), a quienes expresamos nuestra gratitud y afecto por su importantísimo servicio a la Iglesia en España, expresión de la misión y comunión, nacida de su riqueza de carismas.

Saludo, por último, a los hermanos y hermanas que nos acompañan en esta sesión inaugural y les pido que recen a nuestro Señor Jesucristo por los frutos de esta Asamblea de nuestra Conferencia Episcopal que iniciamos.

Deseo tener un recuerdo especial para dos obispos fallecidos en los pasados meses. Se trata de Mons. Luis Gutiérrez Martín, claretiano, obispo emérito de Segovia, sede que rigió durante 22 años, y antes auxiliar de Madrid, que falleció el 22 de junio de este año, tras una larga enfermedad. Este buen hijo del Inmaculado Corazón de María deja tras de sí, con su entrega al servicio a la Iglesia y su acreditado saber jurídico, el ejemplo de un pastor entregado a su grey.

El otro obispo que nos ha dejado es Mons. Miguel Asurmendi Aramendía, SDB, fallecido el día 9 de agosto de este año. Obispo emérito de Vitoria desde hacía solo unos meses, este salesiano ejemplar inició su ministerio episcopal hace 26 años en la diócesis de Tarazona, pasando posteriormente a ocupar durante dos décadas la sede de Vitoria, en la que se afanó incansablemente desde la comunión eclesial en promover la paz y la reconciliación.

Oramos al Señor por el eterno descanso de estos dos pastores de la Iglesia y los confiamos a la poderosa intercesión de la santísima Virgen María, de san Antonio María Claret y de san Juan Bosco.

2. Tres acontecimientos

Ayer, solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, ha clausurado el papa Francisco el Año Jubilar de la Misericordia, cuya Puerta Santa había abierto el día 8 de diciembre del año 2015, en coincidencia con los cincuenta años de la clausura del Concilio Vaticano II. La Puerta Santa del Año Jubilar se cierra, pero la puerta de la misericordia sigue abierta. El Año de Gracia inaugurado por nuestro Señor Jesucristo es un “hoy” permanente (cf. Lc 4, 19; 2 Cor 6, 2). Ha sido un año muy intenso pastoralmente; la gracia de Dios se ha derramado con abundancia. Nuestro mundo, todos nosotros, necesitamos el anuncio de la Misericordia de Dios, el toque de su mano compasiva y el ejercicio generoso de las obras de misericordia. El hombre contemporáneo, como escribió san Juan Pablo II y ha reafirmado el papa Francisco, necesita la medicina de la misericordia.

Por otro lado, durante este año 2016 venimos celebrando los cincuenta años de la Conferencia Episcopal Española. En los meses pasados hemos culminado la publicación de los Documentos de la Conferencia Episcopal Española, en seis gruesos volúmenes, desde el año 1966 hasta 2015. Sorprende la cantidad de intervenciones y el número de temas afrontados; estoy convencido de que el servicio prestado a la Iglesia en España y también a la sociedad española ha sido considerable.

Los días 2, 3 y 4 de junio tuvo lugar en la Universidad Pontificia de Salamanca un Congreso-Simposio sobre Conferencias episcopales: Orígenes, presente y perspectivas. A los cincuenta años de la creación de la Conferencia Episcopal Española. Pronto aparecerán las Actas. Ha sido una oportunidad excelente para tratar y dialogar con los participantes, que representaban a las Facultades de Teología y Derecho Canónico y otros Centros Eclesiásticos Superiores de España.

En este año hemos iniciado también una revisión del funcionamiento de la Conferencia Episcopal con la intención de hacerla un ámbito cada vez más apto para que los obispos puedan dialogar y “conferir” libre y confiadamente sobre los desafíos planteados a la misión de la Iglesia y sobre las respuestas que reclama su ministerio pastoral en las diócesis encomendadas. Por diversas vías se ha informado a la opinión pública de la importancia de la Conferencia Episcopal y de su itinerario eficaz y fecundo.

Durante este año cincuentenario y en el marco del Simposio-Homenaje al beato Pablo VI, organizado por la Conferencia Episcopal y la Fundación Pablo VI, nos ha visitado el secretario de Estado, Card. Pietro Parolin, que tuvo una conferencia el día 14 de octubre en esta aula plenaria, sobre Pablo VI y la paz, suscitando un gran interés. Agradecemos su visita y nos alegramos de la oportunidad para expresar, a través de él, nuestra comunión, que es al mismo tiempo respeto, afecto, gratitud, obediencia y colaboración, con el papa Francisco.

Pablo VI aprobó los Estatutos de la Conferencia Episcopal Española. Ha sido una coincidencia gozosa y buscada la celebración del Simposio-Homenaje con el cincuentenario de vida y actividad de la Conferencia Episcopal. Permítanme que me detenga sobre la persona y el ministerio de Pablo VI por los motivos que iré indicando.

El pontificado de Pablo VI está inseparablemente unido a la celebración del Concilio Vaticano II y al cumplimiento de los mandatos conciliares, unos sobre reformas concretas y otros de orientación más amplia, por ejemplo sobre renovación litúrgica y ecumenismo. Es justo reconocer y agradecer al papa Pablo VI tanto la fidelidad a las actitudes que había marcado Juan XXIII, como el pulso firme con que presidió el Concilio, y el estilo realmente conciliar, es decir, de tratamiento de las cuestiones planteadas con amplia participación de los obispos buscando la concordia en la aceptación de los documentos. Cuando había un número alto de votos negativos era remitido el esquema a la comisión correspondiente para su revisión y búsqueda de acuerdo. De esta manera el Concilio es modelo de trabajo compartido y de aprobación de los documentos con unanimidad moral, ya que un Concilio no busca la mayoría democrática, sino la coincidencia mayor posible. El Espíritu Santo actúa también en la mutua escucha y en la generosidad para coincidir en lo que se ha ido decantando y pueda contribuir mejor a la misión de la Iglesia. La obediencia al Señor y al Evangelio fue una actitud fundamental en todos los participantes.

En el primer discurso como papa, en el año 1963, pronunció las siguientes palabras que señalan el camino: “Está fuera de toda duda que es deseo, necesidad y deber de la Iglesia que se dé finalmente una más meditada definición de sí misma”. No se trata de discutir algunos puntos importantes de la doctrina de la Iglesia, sino de buscar conciliarmente cómo en la coyuntura actual de la humanidad anunciar el Evangelio. Por eso, la nueva evangelización tiene su puesta en marcha en el Concilio Vaticano II. La introspección en el misterio de la Iglesia implica también la perspectiva misionera.

¡Con qué vigor y belleza reivindicó el papa Pablo VI que Jesucristo, luz del mundo, fuera el norte del Concilio! La asamblea profesa la fe en su Señor y desea anunciarlo al mundo. “¡Cristo! Cristo, nuestro principio; Cristo nuestra vida y nuestro guía; Cristo, nuestra esperanza y nuestro término… Que no se cierna sobre esta reunión otra luz si no es Cristo, luz del mundo; que ninguna otra verdad atraiga nuestros ánimos fuera de las palabras del Señor, único Maestro; que ninguna otra aspiración nos anime si no es el deseo de serle absolutamente fieles; que ninguna otra esperanza nos sostenga sino aquella que conforta, mediante su palabra, nuestra angustiosa debilidad: Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos (Mt 28, 20)”.

Los primeros años del postconcilio fueron de gran esperanza, de realización de las reformas encomendadas por el Concilio, de intensa efervescencia y también de “contestación”. Vista esta a distancia nos parece un hecho debido a prisas en el cumplimiento de las tareas para la renovación de la Iglesia, a una pretendida actualización teológica que en ocasiones ponía en peligro la misma fe, a las posibilidades que ofrecían los medios de comunicación, al desbordamiento de iniciativas particulares que desatendían las orientaciones de la autoridad en la Iglesia y el ritmo razonable de asimilación de las enseñanzas conciliares. En muchos momentos causó frustración, desgaste en la vitalidad de la Iglesia, disensiones internas. Se puede comprender que para el papa Pablo VI, tan sensible él, fuera la contestación, unas veces con mayor calado y otras con menor incidencia, una fuente de sufrimientos.

El pontificado del papa Pablo VI coincidió en España con los últimos años del régimen político anterior. Hubo muchas incomprensiones, susceptibilidades, tergiversaciones, resistencias, y también aceptación leal y obediente de las decisiones de la superior autoridad eclesiástica con las que había escasa sintonía interior. Fueron años difíciles para el papa y el nuncio, para la Conferencia Episcopal y la Iglesia, para el gobierno y la sociedad en general. En las relaciones entre la Iglesia y el Estado se pasó en pocos años de una convivencia quizá demasiado estrecha a una desavenencia clamorosa. Católicos de toda la vida en poco tiempo se sintieron incomprendidos y desplazados.

A Pablo VI le resultó penoso que se mezclaran negativamente su desafección personal y cultural a un régimen no-democrático con su amor al pueblo español, la estima de su historia católica y su obligación pastoral después de un concilio ecuménico. Pablo VI mantuvo siempre serias reservas sobre el régimen político, pero manifestó públicamente su admiración y amor al pueblo español, y para este tuvo siempre numerosos gestos de afecto y simpatía. Teniendo en cuenta aquella situación, nos ha parecido conveniente celebrar el Simposio-Homenaje al beato Pablo VI a los cincuenta años de vida de la Conferencia Episcopal Española.

También, dentro del marco del cincuentenario que estamos celebrando, tendremos el honor de recibir en esta Casa de la Iglesia la visita de Sus Majestades los Reyes de España a nuestra Asamblea Plenaria. Esta singular visita es para nosotros un motivo de gran alegría y signo elocuente de la normalidad de la inserción de la religión católica en la sociedad española y en su marco constitucional. Al mismo tiempo es un motivo para manifestar de manera solemne nuestro compromiso de proseguir el servicio a nuestro pueblo, de innegable tradición cristiana, mediante la misión eclesial que tenemos encomendada.

3. Un horizonte de esperanza

La puesta en marcha del nuevo Gobierno de España, después de tantos meses de estar bloqueada su formación y disminuida la actividad pública, ha significado para la sociedad en conjunto un alivio, con las reservas comprensibles. Pedimos a Dios que acierten en el cumplimiento de la responsabilidad que han asumido para la gestión del bien común.

Se abre un horizonte de esperanza, a la cual deseamos convocar. La esperanza es decisión y ánimo de cara al futuro, que siempre está poblado de posibilidades y de inquietudes. Permítanme que aluda a algunas condiciones para caminar esperanzadamente hacia nuestro porvenir. La esperanza y el pasado no se pueden separar. La desmemoria conduce fácilmente a la desesperanza. En nuestra historia hay motivos para la humillación y la gloria. Muchas cosas debemos recordar para corregirnos y es razonable que de muchos hechos nos sintamos legítimamente orgullosos para avanzar con la cabeza alta. España ha dejado una huella profunda en la historia de la humanidad.

En la situación actual debemos llevar a cabo una catarsis, una purificación profunda de actitudes y un cambio de conducta moral. La corrupción con tantas personas implicadas y diversos focos de contaminación ha degradado el servicio público. Han trascendido a la opinión pública hechos de corrupción, al tiempo que miles de personas perdían su puesto de trabajo. La falta de honradez causa irritación. Sin una revisión y regeneración ética no podemos afrontar esperanzadamente el futuro.

La esperanza que no se traduce en obras no pasa de un deseo. Para fortalecer el trabajo de la esperanza necesitamos abandonar la incomunicación y caminar unidos. Que cedan los partidismos en favor del bien común, de lo que a todos nos afecta y nos puede beneficiar. Es una convicción compartida el que nos aguardan reformas importantes y proyectos fundamentales en que todos deberíamos converger. El interés general y el futuro de la sociedad están en juego.

Hace pocos días decía el papa Francisco que si no hay diálogo habrá gritos. Los gritos llevan siempre algo de desgarro, el diálogo en cambio supone hablar con libertad y escuchar con respeto buscando entre todos el acuerdo. El diálogo es la vía digna del hombre para buscar la respuesta más adecuada a los desafíos pendientes. El diálogo en nuestra sociedad supone compartir una historia, tener planteados unos problemas comunes y buscar entre todos su respuesta sobre la base de formar parte de la misma sociedad que se ha dado unas leyes fundamentales para convivir y para renovar incesantemente el proyecto de vida en común. La pluralidad, para ser colaboradora y no disgregadora, para enriquecer la unidad y no romperla, para garantizar la vida en común con respeto a las legítimas diversidades, necesita una amplia y fundamental base compartida. No podemos olvidar la llamada Transición como referente orientador, aunque deba ser constantemente enriquecida. El paso de un régimen autocrático a otro realmente democrático fue un éxito en conjunto, alabado en general. Entonces los españoles alcanzamos un acuerdo histórico para caminar unidos a un futuro de paz.

El trabajo que impulsa la esperanza es en ocasiones arduo, y requiere esfuerzo sostenido por parte de todos ya que los hechos lo ponen frecuentemente a prueba. La esperanza debe ser perseverante en el trabajo continuado. La paciencia es parte de la esperanza. La esperanza compartida con otros no significa descargo de nuestras responsabilidades. No cedamos a la evasión ni al derrotismo. Es una tentación pensar que no tenemos remedio. A hechos inéditos, respuestas renovadas.

Como obispos de la Conferencia Episcopal Española queremos ofrecer a la sociedad, con el debido respeto a nuestros conciudadanos y con la debida actitud democrática, nuestra persuasión más honda. La regeneración moral, la concordia entre las personas, el trabajo conjunto de los grupos sociales, la renovación diaria de la esperanza tienen en Dios el cimiento más eficaz. No bastan los resortes de una sociedad moderna para vivir éticamente, si no obedecemos a la conciencia moral bien formada. Dios y el hombre no son competitivos. “La gloria de Dios es el hombre vivo”(1). No es acertado decir que debe ser excluido Dios para que el hombre actúe con responsabilidad de adulto, ni pensar que la obediencia a la Ley de Dios lleva consigo la humillación del hombre (cf. Gén 3, 5). El olvido de Dios repercute negativamente en la vida personal y social de los hombres. El papa emérito Benedicto XVI dijo y ha repetido: “El verdadero problema en este momento de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres. Con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad padece una desorientación, cuyos efectos destructivos se manifiestan siempre más”(2). La Iglesia reconoce, y anuncia a todos, que la fe en Dios está en la fuente de su servicio a los hombres. En el rostro de toda persona herida por la vida ve el rostro de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 25, 31ss). La luz del Evangelio potencia con la fe la mirada para ver en cada hombre y mujer una persona con derechos inalienables y con deberes insoslayables, y una imagen inviolable de Dios. Nos viene bien creer en Dios; y excluir a Dios nos daña.

De cara al futuro necesitamos subrayar siempre la dignidad de la persona que es centro y sentido de las instituciones; el respeto a la vida de las personas en todo el recorrido de su existencia y en todas las circunstancias de la vida; la educación en la verdad y libertad, como maduración personal y capacitación profesional. La familia es el ámbito humanizador primordial. Sin trabajo y sin familia es difícil mirar al futuro con serenidad. La familia vence la soledad; es el recurso básico en las situaciones de enfermedad y desprotección social. Recordemos cómo en los años más agudos de la crisis ha sido la familia un recurso básico. La salud de la sociedad en gran medida depende de la salud de la familia.

Permitidme que recuerde unas palabras del Señor y unas recomendaciones del apóstol San Pablo. “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25, 35-36). “Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, llevemos ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa” (Tit 2, 11-12). “Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, tenedlo en cuenta. Y el Dios de la paz estará con vosotros” (cf. Fil 4, 8-9).

A la esperanza en el Nuevo Testamento se califica frecuentemente como “alegre”. ¿No muestran nuestras tristezas y malestar a flor de piel un debilitamiento de la esperanza? La persona, por ser histórica, está distendida entre el pasado, el presente y el futuro; por ello, necesita contar con el pasado, vivir sin evasiones el presente y abrirse al futuro con esperanza.

4. Itinerario de nuestros trabajos

Como señalábamos los obispos en la Instrucción pastoral Iglesia, servidora de los pobres, “ante la ardua tarea que debemos afrontar, necesitamos levantar la mirada y acudir a Dios para que Él nos inspire. Estamos convencidos de que la apertura a la trascendencia puede formar una nueva mentalidad política y económica que ayude a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social (Evangelii gaudium, n. 205). En la Palabra de Dios encontramos luz suficiente para ordenar las cuestiones sociales. El Evangelio ilumina el cambio e infunde esperanza” (n. 33).

A esta esperanza para la entera sociedad española quiere contribuir la Iglesia mediante su específica misión pastoral al servicio del bien común de todo nuestro pueblo. La parte fundamental de esta misión la constituye nuestra tarea evangelizadora, siguiendo el espíritu marcado por el papa Francisco en la exhortación Evangelii gaudium, en la que se inspira nuestro vigente Plan Pastoral, que poniendo la mirada especialmente en “la comunión y corresponsabilidad al servicio de la evangelización” nos señala para este curso el objetivo de “poner en estado de misión permanente a la Iglesia en España; para ello, animar a las comunidades cristianas y a los evangelizadores de toda clase y condición, a que con sus vidas irradien en el mundo la alegría de Cristo que ellos han recibido”.

En consecuencia, sin olvidar las tareas permanentes de la misión de la Iglesia, promovidas de forma permanente desde las distintas comisiones y servicios de la Conferencia de la que informarán los obispos responsables, nuestras reflexiones van a centrarse de manera especial en los agentes eclesiales.

En este sentido, ocupará una parte de nuestro trabajo en esta Asamblea la continuación de la reflexión sobre la situación del clero en España, con la problemática del aumento de su edad media, así como la disminución de vocaciones al ministerio presbiteral, lo que nos ha de llevar a intensificar la atención y cercanía a nuestros sacerdotes en todas las dimensiones de su vida y ministerio, la búsqueda de nuevas formas de atención pastoral a las comunidades cristianas, así como el fortalecimiento de la promoción vocacional y adecuada formación integral de los candidatos al sacerdocio.

A ello se une también en esta Asamblea, siguiendo la estela de la celebración el pasado curso del Año de la Vida Consagrada, del estudio de la situación de la vida contemplativa en España en lo que se refiere tanto a cooperar en su promoción vocacional, como también en asegurarle mediante el Fondo Intermonacal la necesaria ayuda material cuando las circunstancias especiales de alguna comunidad contemplativa la precise.

La consideración del laicado tendrá en esta Asamblea un acento especialmente dirigido a la familia, mediante el estudio y reflexión de la recepción de la exhortación postsinodal Amoris laetitia y sus implicaciones en la renovación de la pastoral familiar en España.

En definitiva, queremos seguir haciéndonos eco de las expresas indicaciones que el papa Francisco nos dirigió en su discurso escrito a los obispos españoles en nuestra última visita ad limina, el 3 de marzo de 2014, cuando nos decía que “el momento actual, en el que las mediaciones de la fe son cada vez más escasas y no faltan dificultades para su transmisión, exige poner a vuestras Iglesias en un verdadero estado de misión permanente (…). Despertar y avivar una fe sincera favorece la preparación al matrimonio y el acompañamiento de las familias, cuya vocación es ser lugar nativo de convivencia en el amor, célula originaria de la sociedad, transmisora de vida e Iglesia doméstica donde se fragua y se vive la fe. Una familia evangelizada es un valioso agente de evangelización, especialmente irradiando las maravillas que Dios ha obrado en ella. Además, al ser por su naturaleza ámbito de generosidad, promoverá el nacimiento de vocaciones al seguimiento del Señor en el sacerdocio o la vida consagrada”.

“Seguid adelante con esperanza –proseguía diciéndonos el Santo Padre a los obispos españoles en su discurso, y con ello quiero terminar mis palabras–. Poneos al frente de la renovación espiritual y misionera de vuestras Iglesias particulares, como hermanos y pastores de vuestros fieles, y también de los que no lo son, o lo han olvidado. Para ello, os será de gran ayuda la colaboración franca y fraterna en el seno de la Conferencia Episcopal, así como el apoyo recíproco y solícito en la búsqueda de las formas más adecuadas de actuar”.

Esto mismo es lo que deseamos hacer en esta Asamblea Plenaria y para lo que pedimos vuestra oración a Dios, así como la intercesión de santa María, Madre de la Iglesia.

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