Gitanos católicos sin estigmas

EDITORIAL VIDA NUEVA | El 25 de marzo, Almería acogerá la beatificación de 115 mártires de la persecución religiosa del siglo XX. Entre ellos, Emilia Fernández Rodríguez, conocida como la canastera, la primera mujer gitana que sube a los altares.

Según la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, el 35% de los gitanos españoles se ha sentido discriminado al menos una vez en el último año, a la hora, por ejemplo, de acceder a una vivienda o tener un contrato de trabajo estable. La doble condición de mujer y gitana hace que el riesgo de exclusión sea todavía mayor.

Cabe preguntarse si este rechazo también se da entre los católicos, especialmente hacia el colectivo de los migrantes, si se les considera fieles de segunda categoría, o, por el contrario, si se favorece su inclusión como un hermano más.

Sobre el terreno, son muchos los sacerdotes, religiosos y laicos que destierran cualquier signo de xenofobia y se dejan la piel para trabajar codo con codo en una pastoral que promueva la defensa de la dignidad, promoción y acogida. De la misma manera, los propios gitanos católicos están volcándose para promover la igualdad, con una autoexigencia que permita borrar del mapa cualquier prejuicio o estereotipo.

En algo ha fallado la Iglesia cuando los cristianos gitanos
han puesto rumbo hacia los templos evangélicos, pentecostales…
Aceptar y valorar su idiosincrasia es un
paso indispensable para inculturar el Evangelio.

Aun así, en algo ha fallado la Iglesia cuando, en las últimas décadas, los gitanos cristianos han puesto rumbo hacia los templos evangélicos, adventistas y pentecostales, amén de aquellos que, como el resto de la sociedad, han tomado el camino de la secularización. Tal vez haya faltado una verdadera voluntad para conocer la idiosincrasia de la cultura romaní y para entender la diversidad que aportan a la Iglesia desde su defensa del núcleo familiar, el respeto a los mayores, el valor de la comunidad y su pasión celebrativa.

Aceptar y valorar estos aspectos supone el indispensable punto de partida que permite promover una inculturación del Evangelio, desde sus tradiciones ancestrales, para conocer y reconocer al Dios de Jesús de Nazaret como propio.

Apreciar estas raíces como signo de confianza eclesial hacia los gitanos laicos implica encaminarles en la misma ruta del resto de seglares hacia la mayoría de edad, y, como tales, protagonistas de la evangelización de sus propios hermanos. Para ello, desde hace años reclaman una mayor formación hacia el diaconado permanente como el mejor servicio que un gitano puede ofrecer a los suyos, desde la Palabra, la liturgia y la caridad.

Reconocer el martirio de la canastera, laica, mujer y madre, supone visibilizar toda la riqueza espiritual que atesora la minoría gitana católica como un don para toda la Iglesia, pero, sobre todo, como un acicate para saberse una sola familia que no entiende de estigmas, ni payos ni calés.

Publicado en el número 3.028 de Vida Nueva. Ver sumario

 


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