‘Freire en Salamanca’

Un libro de Antonio García Madrid (ed.) (PPC) La recensión es de José Luis Corzo

Freire en Salamanca, Antonio García Madrid, PPC

Título: Freire en Salamanca. Tres conferencias y una charla abierta con los alumnos

Editor: Antonio García Madrid

Editorial: PPC

Ciudad: Madrid, 2016

Páginas: 123

JOSÉ LUIS CORZO | No debimos olvidarlos tan deprisa, porque la educación sigue manga por hombro, sin pacto que le valga. El borboteo diario de temas escolares y universitarios –recortes, interinos, acoso, fracaso o deberes en exceso– indica que algo se ha podrido en la marmita y, según Paulo Freire (Recife, 1921–São Paulo, 1997), es el concepto mismo de educación.

Su fama dio la vuelta al mundo con la Pedagogía del oprimido (1968) y fue doctor honoris causa en las mejores universidades. Este libro nos trae sus conferencias de 1984 en la Pontificia de Salamanca y nos descubre que habría vuelto allí para ser investido doctor si el Vaticano no lo hubiera impedido ¡vaya usted a saber por qué sospechas! Tampoco acertó Roma con el otro buen católico y pedagogo insigne, ahora rescatado por el papa Francisco: Lorenzo Milani, el cura maestro de Barbiana. Ambos honraron el Evangelio de Jesús en los últimos; Freire, en la masa adulta de analfabetos, y Milani, en los chavales de aldea y del fracaso escolar.

Pero el olvido no es cosa romana. Aquí se recuerda poco a los pioneros de la mejor Pedagogía del siglo XX (la italiana Maria Montessori, el francés Célestin Freinet, el estadounidense John Dewey, el español Francisco Giner de los Ríos…); si acaso, por algún detalle metodológico. ¿Para qué discutir con ellos de qué se trata en educación, si ya lo sabemos? Cada vez está más claro: se trata de pertrecharse bien en la escuela para la lucha y el arribismo social y laboral (“la escuela huele a dinero”, dijo el papa Francisco). Y las herramientas didácticas (impresas, digitales y trucos varios) han mejorado tanto que “el método Freire” –expresión que rechazaba– ya está obsoleto.

En mi opinión, este libro –tan de agradecer– responde a la pregunta errada que le formuló aquella Facultad: “¿Para qué educamos?”. Dice su editor, el catedrático salmantino Antonio García Madrid, que aquel Freire, de solo 63 años, estuvo tenso en su primera lección y no se atuvo a lo demandado. Yo, que también asistí a las conferencias, estoy de acuerdo. No podía enojarse, ¡le acogieron tan amablemente y con una presentación tan meliflua…! Pero había luchado toda su vida para que no nos eduque el Estado ni nadie, por sublimes que sean sus intenciones y sus idearios. Educar es otra cosa.

Al menos, la didáctica ya ha asumido que el aprendizaje no es pasivo, pero –veinte años después de Freire– seguimos conjugando educar como un transitivo (de agente a paciente). Su axioma “nadie educa a nadie, nos educamos en comunión mediatizados por el mundo” nos parece un enigma. “¡Lo dirá el brasileño! –decimos–. El Estado ha de llevar a todos una educación de calidad”.

Esta transcripción tan meticulosa de sus coloquios muestra la delicadeza y la dialéctica inconfundibles de Freire con sus oyentes. Parece agobiado por la pregunta: “Antes de contestar, tal vez debiéramos intentar una comprensión crítica de la educación… En último análisis, es una cierta teoría del conocimiento puesta en práctica”.

¿Acaso solo conoce el educador y el alumno es su depósito? ¿No los desafía a ambos la realidad del mundo, de la gente y del misterio que nos rodea? La dimensión política es evidente: “Imposible no reconocer el hecho de que la tarea fundamental que la clase dominante espera del subsistema educativo es precisamente la reproducción de su ideología”.

Búsqueda de la realidad

Aunque lo tenga que lograr distrayéndonos de lo importante. Pero quien se aferre a la educación bancaria aún sospechará malicioso que Freire solo quiera sustituir una clase dominante por otra. No le ha entendido. Y, si reclama humildad y amorosidad para el educador –segunda conferencia–, no es para disimular la clonación. Educarnos juntos es una búsqueda objetivo-subjetiva de la realidad; es crecer, florecer, madurar, vivir… y nadie te crece ni te vive. Pero Freire avisa no ser un espontaneísta: pasar de la conciencia inerte, ingenua, a la crítica, no sale solo ni es individual, sino trabajoso, social, comunitario. Con todo y con eso, el presente libro añade un epílogo del editor, casi un jarro de agua fría, que hará pensar al lector crítico más que al criticón.

Bienvenidas estas conferencias magistrales (una, dialogada, tan del gusto del brasileño, y un coloquio abierto). Nos las trae la editorial PPC con la Cátedra Calasanz de la Pontificia salmantina; la creó en 1981 el grande y sencillo P. Ángel Ruiz, entonces general de los escolapios, para honrar al fundador de la escuela pública gratuita (pía) en 1597. Nos jugamos demasiado, como para olvidar a los maestros.

Publicado en el número 3.018 de Vida Nueva. Ver sumario