Navidad 2016: nace y renace la alegría

portada Vida Nueva Navidad 2016 3017 pequeña

EDITORIAL VIDA NUEVA | Desde la humildad del pesebre y en la periferia de Belén, Dios viene a encontrarse con el hombre para salvarle, para poner cada día el contador del perdón a cero. Porque es ese Niño el que arropa con su misericordia a la humanidad y no a la inversa. Arropa para sembrar de esperanza a las víctimas de las guerras, a los migrantes, a los sin techo, a los presos, a los parados, a las víctimas de los abusos sexuales, a quienes viven en familias “imperfectas”… Todos tienen su lugar a los pies de Jesús; para todos hay hueco junto al Recién Nacido.

Ante estas realidades dolientes, renacer no se plantea como una mera invitación a los cristianos, sino como un imperativo fruto del amor de un Padre que se ha entregado y entrega a su Hijo por todos y cada uno de los hombres y mujeres. Sumarse a este renacer no se concibe como un cúmulo de buenos propósitos o la puesta en marcha de un plan de acción. Renacer desde ese pobre establo requiere dejarse contagiar por ese corazón nuevo, acompasar los latidos al del Niño Dios. Renacer se torna en compromiso personal para no dejarse llevar por la comodidad o la pereza, sino por el deseo permanente de estrenar una página en blanco con tinta de reconciliación.

Renacer implica hacerse corresponsable del otro, del próximo, para que pueda volver a empezar, para hacerle recuperar su dignidad, como refleja el relato de este número de Vida Nueva, en el que se aborda el drama de la violencia machista justo cuando cuatro mujeres han sido asesinadas en solo cuatro días en nuestro país.

Renacer no está exento de sufrimiento,
como lo experimenta el Papa
con las reformas puestas en marcha.
Pero los dolores de parto son
preludio del alumbramiento de la Buena Nueva.

Renacer constituye, además, un proyecto de Iglesia llamada a renovarse a sí misma, dejando atrás toda tentación de aferrarse a lo establecido por mera nostalgia y modos de proceder caducos para poner la mirada en lo esencial de la encarnación.

Este renacer no está exento de sufrimiento y de riesgos, como lo está experimentando en primera persona el Papa ahora que sus reformas comienzan a aterrizar. Pero los dolores de parto son siempre el preludio del alumbramiento de la Buena Nueva.

Mateo relata cómo los magos de Oriente, tras su parada en Belén, regresaron a su tierra “por otro camino”. El encuentro con el Niño Dios les cambió, renacieron a una vida nueva, como lo han hecho todos aquellos que, hasta hoy, se han postrado ante Jesús de Nazaret. No en vano, arranca Evangelii gaudium, la hoja de ruta de Francisco para la Iglesia del siglo XXI: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Por eso, Navidad es tiempo propicio para nacer. Y renacer.

Publicado en el número 3.017 de Vida Nueva. Ver sumario

 


LEA TAMBIÉN: