Discurso del papa Francisco durante el encuentro interreligioso en Azerbaiyán

Domingo, 2 de octubre de 2016. Mezquita ‘Heydar Aliyev’, Bakú

Es una bendición encontrarnos aquí juntos. Deseo dar las gracias al Líder de la comunidad musulmana del Cáucaso, que, con su habitual cortesía nos acoge, y a los Líderes religiosos locales de la Iglesia Ortodoxa Rusa y de la Comunidad judía. Es un gran signo reunirnos en amistad fraterna en este lugar de oración, un signo que manifiesta esa armonía que las religiones juntas pueden construir a partir de las relaciones personales y de la buena voluntad de los responsables. Aquí se comprueba, por ejemplo, la ayuda concreta que el Líder de la comunidad musulmana ha garantizado en diversas ocasiones a la comunidad católica, y los sabios consejos que, en un espíritu de familia, comparte con ella; hay que destacar también el hermoso lazo que une a los católicos con la comunidad ortodoxa, en una fraternidad concreta y en un afecto cotidiano que es un ejemplo para todos, así como la cordial amistad con la comunidad judía.

De esta concordia se beneficia Azerbaiyán, que se distingue por la acogida y la hospitalidad, dones que he podido experimentar en esta memorable jornada, por la cual estoy muy agradecido. Aquí se desea custodiar el gran patrimonio de las religiones y se busca al mismo tiempo una mayor y fecunda apertura: aunque el catolicismo, por ejemplo, encuentra lugar y armonía entre otras religiones mucho más numerosas, signo concreto que muestra cómo no la contraposición, sino la colaboración, es lo que ayuda a construir sociedades mejores y pacíficas. Nuestro encuentro está también en continuidad con las muchas reuniones que tienen lugar en Bakú para promover el diálogo y la multiculturalidad. Abriendo las puertas a la acogida y a la integración, se abren las puertas de los corazones de cada uno y las puertas de la esperanza para todos. Confío en que este país, “puerta entre el Oriente y el Occidente” (Juan Pablo II, Discurso en la ceremonia de bienvenida, Bakú, 22 Mayo 2002), cultive siempre su vocación de apertura y de encuentro, condiciones indispensables para construir puentes sólidos de paz y un futuro digno del hombre.

La fraternidad y el intercambio que queremos aumentar no será apreciado por aquellos que quieren hacer hincapié en las divisiones, reavivar tensiones y sacar ganancias de conflictos y controversias; sin embargo, son invocados y esperados por quienes desean el bien común, y sobre todo agradan a Dios, compasivo y misericordioso, que quiere a los hijos e hijas de la única familia humana más unidos entre sí y siempre en diálogo. Un gran poeta, hijo de esta tierra, escribió: “Si eres humano, mézclate con los humanos, porque los hombres están bien entre ellos” (Nizami Ganjavi, El libro de Alejandro). Abrirse a los demás no empobrece, sino que más bien enriquece, porque ayuda a ser más humanos: a reconocerse parte activa de un todo más grande y a interpretar la vida como un regalo para los otros; a ver como objetivo no los propios intereses, sino el bien de la humanidad; a actuar sin idealismos y sin intervencionismos, sin ninguna interferencia perjudicial o acción forzada, sino siempre respetando la dinámica histórica de las culturas y de las tradiciones religiosas.

Las religiones tienen precisamente una gran tarea: acompañar a los hombres en la búsqueda del sentido de la vida, ayudándoles a entender que las limitadas capacidades del ser humano y los bienes de este mundo nunca deben convertirse en un absoluto. Nizami ha escrito también: “No te establezcas firmemente sobre tus propia fuerza, hasta que en el cielo no hayas encontrado un hogar. Los frutos del mundo no son eternos, no adores aquello que perece” (Leylā y Majnūn, Muerte de Majnūn sobre la tumba de Leylā). Las religiones están llamadas a hacernos comprender que el centro del hombre está fuera de sí mismo, que tendemos hacia lo Alto infinito y hacia el otro que tenemos al lado. Hacia allí está llamada a encaminarse la vida, hacia el amor más elevado y más concreto: sólo este puede ser el culmen de toda aspiración auténticamente religiosa; porque —dice también el poeta— “amor es aquello que nunca cambia, amor es aquello que no tiene fin” (ibíd., Desesperación de Majnūn).

Por lo tanto, la religión es una necesidad para el hombre, para realizar su fin, una brújula para orientarlo hacia el bien y alejarlo del mal, que está siempre al acecho en la puerta de su corazón (cf. Gn 4,7). En este sentido, las religiones tienen una tarea educativa: ayudar al hombre a dar lo mejor de sí. Y nosotros, como guías, tenemos una gran responsabilidad para ofrecer respuestas auténticas a la búsqueda del hombre, a menudo perdido en las vertiginosas paradojas de nuestro tiempo. En efecto, vemos cómo en nuestros días, arrecia por un lado el nihilismo de los que ya no creen en nada, excepto en sus propios intereses, ventajas y provechos, de los que tiran sus vidas adaptándose al dicho “si Dios no existe todo está permitido” (cf. F. M. Dostoievski, Los hermanos Karamazov, XI, 4.8.9); por otro lado, surgen cada vez más las reacciones duras y fundamentalistas de aquellos que, con la violencia de la palabra y de los gestos, quieren imponer actitudes extremas y radicalizadas, las más lejanas del Dios vivo.

Las religiones, por el contrario, ayudan a discernir el bien y ponerlo en práctica con las obras, con la oración y con el esfuerzo del trabajo interior, están llamadas a edificar la cultura del encuentro y de la paz, hecha de paciencia, comprensión, pasos humildes y concretos. Así se sirve a la sociedad humana. Esta, por su parte, debe vencer la tentación de instrumentalizar el factor religioso: las religiones nunca han de ser manipuladas y nunca pueden favorecer conflictos y enfrentamientos.

En cambio, es fecundo un vínculo virtuoso entre la sociedad y las religiones, una alianza respetuosa que se debe construir y preservar, y que quisiera simbolizar con una imagen apreciada en este país. Me refiero a las artísticas vidrieras que hay desde hace siglos en estas tierras, hechas solamente de madera y cristales de color (Shebeke). En la producción artesanal, hay una característica única: no se utilizan pegamentos ni clavos, sino que se mantienen unidos la madera y el cristal, encajándolos entre sí por un trabajo largo y laborioso. Así, la madera sujeta el cristal y el cristal deja pasar la luz.

Del mismo modo, toda sociedad civil tiene la tarea de apoyar la religión, que permite la entrada de una luz indispensable para vivir: para ello es necesario garantizar una efectiva y auténtica libertad. No se han de utilizar, pues, “pegamentos” artificiales que obliguen al hombre a creer, imponiéndole un determinado credo y privándolo de la libertad de elección; tampoco han de entrar en las religiones los “clavos” externos de los intereses mundanos, de la ambición de poder y de dinero. Porque Dios no puede ser invocado por intereses partidistas y fines egoístas, no puede justificar forma alguna de fundamentalismo, imperialismo o colonialismo. Una vez más, desde este lugar tan significativo, se eleva el grito afligido: “¡Nunca más violencia en nombre de Dios!”. Que su santo nombre sea adorado, no profanado y ni mercantilizado por los odios y los conflictos humanos.

Honramos, sin embargo, la providente misericordia divina sobre nosotros con la oración asidua y con el diálogo concreto, “condición necesaria para la paz en el mundo, y por lo tanto deber para los cristianos, así como para las otras comunidades religiosas” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 250). La oración y el diálogo están profundamente relacionados entre sí: nacen de la apertura del corazón y se inclinan hacia el bien de los otros, enriqueciéndose así y reforzándose mutuamente. La Iglesia Católica, en continuidad con el Concilio Vaticano II, con convicción, “exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socioculturales que en ellos existen” (Decl. Nostra aetate, 2). Ningún “sincretismo conciliador”, ni “una apertura diplomática, que dice que sí a todo para evitar problemas” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 251), sino dialogar con los demás y orar por todos: estos son nuestros medios para cambiar sus lanzas en podaderas (cf. Is 2,4), para hacer surgir amor donde hay odio, y perdón donde hay ofensa, para no cansarse de implorar y seguir los caminos de la paz.

Una paz verdadera, fundada sobre el respeto mutuo, sobre el encuentro y el intercambio, sobre la voluntad de ir más allá de los prejuicios y los errores del pasado, sobre la renuncia a las falsedades y a los intereses partidistas; una paz duradera animada por el valor de superar las barreras, de erradicar la pobreza y la injusticia, de denunciar y detener la proliferación de armas y las ganancias inicuas obtenidas sobre la piel de los otros. La voz de mucha sangre grita a Dios desde la tierra, nuestra casa común (cf. Gn 4,10). Ahora tenemos el reto de dar una respuesta que no puede aplazarse por más tiempo, para construir juntos un futuro de paz: no es tiempo de soluciones violentas y bruscas, sino la hora urgente de emprender procesos pacientes de reconciliación. El verdadero problema de nuestro tiempo no es cómo llevar adelante nuestros intereses, sino qué perspectiva de vida ofrecer a las generaciones futuras, cómo dejar un mundo mejor del que hemos recibido. Dios, y la historia misma, nos preguntarán si hemos trabajado hoy por la paz; ya nos lo piden con ardor las jóvenes generaciones, que sueñan con un futuro diferente.

En la noche de los conflictos que estamos atravesando, las religiones son auroras de paz, semillas de renacimiento entre devastaciones de muerte, ecos de diálogo que resuenan sin descanso, caminos de encuentro y reconciliación para llegar allí donde los intentos de mediación oficiales parecen no surtir efecto. Especialmente en esta querida región del Cáucaso, que yo tanto quería visitar y a la cual he venido como peregrino de paz, que las religiones sean vehículos activos para superar las tragedias del pasado y las tensiones de hoy. Que las riquezas inestimables de estos países sean conocidas y valoradas: los tesoros antiguos y siempre nuevos de la sabiduría, la cultura y la religiosidad de las gentes del Cáucaso son un gran recurso para el futuro de la región y, en particular, para la cultura europea, bienes preciosos a lo que no podemos renunciar.

 


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