Los cuervos de Bergoglio

José Lorenzo, redactor jefe de Vida NuevaJOSÉ LORENZO | Redactor jefe de Vida Nueva

“Francisco aún no ha escrito ninguna encíclica, pero sus gestos están componiendo una partitura que todos son capaces de leer…”.

También Jorge Bergoglio tenía su “cuervo” en su curia de Buenos Aires, en el corazón de su puente de mando. Concretamente, encima de su escritorio. Era una foto de Juan José Jaime, “el Cuervo”, que se topó con el ahora papa Francisco en una de las villas miserias que le han salido como pústulas a Buenos Aires, y en las que el arzobispo solía presentarse sin avisar.

No se habían encontrado nunca ambos hombres, pero Bergoglio le dijo: “Te conozco sin haberte visto”. Era Jueves Santo. Luego le lavó los pies. “El Cuervo” sí era un viejo conocido de los “curas villeros”, que le sacaron de volquete en donde dormía y del infierno de la droga. “Yo no creía en nada ni en nadie, pero me enseñaron a ver a un Dios generoso que me quiere”.

Esta anécdota, de las muchas que recorren ahora los medios de comunicación, es una de las que retrata bien la opción pastoral de Bergoglio durante sus años de ministerio episcopal. A falta –lógicamente– de un pensamiento magisterial más elaborado como Papa del que advierten algunos para ver por dónde va a transitar Francisco, las anécdotas nacidas de sus encuentros con la gente nos dan una idea de por dónde ya ha caminado.

Y en esos caminos –como podemos ver en casi todas las homilías que ha pronunciado hasta ahora como sucesor de Pedro– hay dos palabras –una actitud, en definitiva– que se repiten: ternura y misericordia.

Siempre habrá quien se las eche en falta durante la época de plomo de la dictadura argentina. ¿Logrará zafarse alguna vez de esa sombra?

En las villas miseria parece ser que sí. Allí le recuerdan –casi suspiran, si uno se fija en los periódicos argentinos– por el arzobispo al que veían como un párroco más, un cura que compartía en medio de ellos las sopas de carne cocinadas al aire libre, que no se escandalizaba porque las parejas que no estaban casadas quisieran bautizar a sus hijos y que se admiraba del sensus fidei de aquellas sencillas gentes, que no siempre encontraba en reputados especialistas.

Francisco aún no ha escrito ninguna encíclica, pero sus gestos están componiendo una partitura que todos son capaces de leer. Aquellas anécdotas y estos comportamientos –que siguen sorprendiendo– guardan el mismo ritmo.

En el nº 2.843 de Vida Nueva.