España cruje entre las fiestas y la crisis

romería de verano con una procesión de imágenes religiosas

JUAN RUBIO, director de Vida Nueva | Fiestas por doquier en esta España estival que cruje por sus costados entre el calor de la canícula y la crisis que se ha metido como el polvo en las entretelas de la sociedad. Cada pueblo tiene su cristo, su virgen o su santo al que sacan en procesión, envuelto en la fiesta, nostalgia y código identificador de cultura para muchos y para no pocos un símbolo religioso.

Cuando quiebra agosto, España se convierte en una procesión de pólvora y música, estandartes y oraciones. Este país no se entiende sin una imagen que pasear, sin la Misa Mayor, el himno al patrón y un cura acompañado por el cetro del alcalde y la batuta del director de la banda de música que, con emoción, entona el himno nacional a la salida del templo, de la imagen titular. Fiestas por doquier. Museo de variedades.

Y todo ello en medio de una sociedad que cada día se dice más descristianizada, menos creyente, más secularizada. Códigos identificadores de cultura, nostalgia de la niñez ya perdida en el semblante de los vecinos que vuelven a casa para el verano, religión de epidermis pura.

Los jóvenes, con escasa formación religiosa se adueñan de estos actos, empujando a los mayores. Al menos los más viejos tenían la vieja fe. Los políticos meten baza y quieren asomar las narices porque a un pueblo no se le puede quitar lo lúdico cuando ya lo han metido en cintura con los recortes.

Hay quienes, con más emoción que cabeza, dicen que la nueva evangelización empieza por aquí, justificando a veces la falta de imaginación pastoral. Hacen la vista gorda a lo que de paganismo hay en el fondo. Mestizaje y secretismo.

Complicado es levantar algo sin limpiar y sanear, hacerlo sobre escombros. Simbiosis peligrosa. Habrá que cuidar de mantener lo esencial, lo importante. Lo otro será coser y cantar. Lo decía san Juan de la Cruz: “Los hombres hacen las fiestas más para ellos que para Vos, y ¡cuánto se lleva en ello el diablo, Señor!”.

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En el nº 2.812 de Vida Nueva.