Pepe Gotera en Compostela

JOSÉ LORENZO | Redactor jefe de Vida Nueva

“Me alegro infinito de que se haya recuperado el Códice Calixtino. Pero para esta trama, que deja tan al aire las mismas miserias humanas de la picaresca del Siglo de Oro, hubiera preferido una recaída delictiva de Erik el Belga…”.

Hace un año, coincidiendo con el robo del Códice Calixtino, escribí en este mismo rinconcito una pieza titulada “Dan Brown en Compostela”. La releo ahora, justo cuando se acaba de devolver esa joya bibliográfica en un solemne acto al que no ha querido faltar ni el presidente del Gobierno, y observo que aquella reflexión, breve, apresurada y un punto arriesgada (las opiniones sobre la cosa eclesial siempre lo son y, como las minas antipersona, te pueden estallar años después), ha envejecido razonablemente bien.

Así pues, me reafirmo en la necesidad no solo de dotar de mayores medidas de seguridad la custodia del ingente patrimonio artístico de la Iglesia (para lo cual es indispensable la cooperación de las administraciones públicas, pues ese patrimonio, además de valor espiritual todavía para la mayoría, es fuente de muchos ingresos y puestos de trabajo en toda España), sino también de una mayor profesionalización de quienes, en la Iglesia, tienen la responsabilidad de cuidarlo, estudiarlo y exhibirlo, tanto con fines pastorales como meramente turísticos.

Me consta que la teoría se sabe, y que se están dando pasos importantes en este sentido, pero aún hay muchas inercias y rutinas de andar por casa que conviene ir desechando. Y este caso es paradigmático de todo ello.

Perdonen la inmodestia, pero solo hay una cosa que cambiaría de aquel articulito: haberle atribuido a un fan del autor de El código Da Vinci la trama de la desaparición de una obra de arte que algunos han tasado en 100 millones de euros. Visto lo visto, parece más una tira de cómic del genial Ibáñez protagonizada por su Pepe Gotera, aquel chapucilla que lo mismo valía para un roto que para un descosido, y todo lo hacía con el mismo desatino.

A este Pepe Gotera, sin más plan que la codicia, lo único que le faltaba para que este suceso fuese aún más chusco era tener su propio camión de mudanzas en la mismísima Plaza del Obradoiro.

Me alegro infinito de que se haya recuperado el Códice Calixtino. Pero para esta trama, que deja tan al aire las mismas miserias humanas de la picaresca del Siglo de Oro, hubiera preferido una recaída delictiva de Erik el Belga.

En el nº 2.809 de Vida Nueva.


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