El Contubernio de Múnich

opositores críticos manifestantes contra Franco

JUAN RUBIO, director de Vida Nueva | Hay síndromes que se repiten. Rueda la rueda la rueca. La amnesia es enfermedad de moda. “Hubo un Faraón que no conoció a José…”, dice el Éxodo. Desconocer la historia y sus estribillos es devastador, pero cambiarla y corregirla es de granujas. El síndrome del Contubernio de Múnich asoma con timidez y contumacia en muchos ambientes hoy.

Fue el nombre despectivo con el que la España de Franco denominó al encuentro de españoles críticos, 118 en total, del interior y del exilio, que, aprovechando un habitual encuentro europeo en la capital de Baviera, pusieron el dedo en la llaga sangrante de una España aislada, hecha páramo, cuartel y cárcel. Todo era contubernio judeo-masónico y francachela cervecera.

El síndrome del Contubernio de Múnich es común hoy en quienes, montados en rucios y alazanes de intransigencia, ven gigantes en donde solo hay molinos de viento. Es algo muy común.

El gran error de Franco fue no calibrar suficientemente aquel acontecimiento con el que, según Salvador de Madariaga, “se daba por finalizada la guerra civil española”, en 1962. Franco, que se mofó del encuentro en plena vorágine de los mineros de Asturias y tras el primer intento fallido de entrar en la Comunidad Económica Europea, lo llamó “contubernio” y reaccionó a su error pidiendo la dimisión de Arias Salgado.

En Múnich hubo católicos que llevaron los aires que ya se respiraban en el Vaticano II y allí se pusieron al servicio de la reconciliación de España. El fluido de las ideas aportaba riqueza. A la vuelta comprobaron que el cordón sanitario de los Pirineos seguía más vivo que en tiempos de Felipe II y su obsesión por los erasmistas.

Ojalá no tengan que arrepentirse los sanitarios ideológicos, como le sucedió al entonces jefe del Estado. “Usted no haga caso, Dionisio. Europa está equivocada”, dijo Franco a Ridruejo una tarde. Este oyó, sonrió e hizo mutis por el foro. ¡Pobre gente!

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En el nº 2.808 de Vida Nueva.