Diagnóstico del presente

Francisco Vázquez, embajador de EspañaFRANCISCO VÁZQUEZ Y VÁZQUEZ | Embajador de España

“De una manera constante, en España se reiteran orquestadamente toda una serie de falacias que tan solo buscan desprestigiar a la Iglesia católica, imputándole una posición de privilegio…”.

Dos años antes de ser elegido Papa, en noviembre de 2004, el entonces cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, concedía una entrevista al influyente periódico de izquierdas italiano La Repubblica, en la que, con su claridad acostumbrada, denunciaba el acoso y los ataques constantes que el hecho religioso, principalmente el cristianismo, sufre en el mundo actual, sobre todo en Europa, donde desde hace varios decenios se desarrolla un proceso de descristianización constante y progresivo.

Decía en aquella entrevista el actual Pontífice que existe “una agresividad ideológica secular que puede ser preocupante”, y añadía un razonamiento, en mi opinión determinante, al decir: “El laicismo ya no es aquel elemento de neutralidad que abre espacios de libertad a todos. Comienza a transformarse en una ideología que se impone a través de la política y no concede espacio público a la visión católica y cristiana, que corre el riesgo de convertirse en algo puramente privado y, en el fondo, mutilado”.

El Papa, al constatar que existe una lucha, indica la respuesta a esa hostilidad al apuntar que “debemos defender la libertad religiosa contra la imposición de una ideología que se presenta como si fuera la única voz de la racionalidad, cuando lo cierto es que tan solo es expresión de un cierto racionalismo”.

“El Estado –añade Ratzinger– no impone una religión, sino que deja espacio libre a las religiones con una responsabilidad hacia la sociedad civil y, por lo tanto, permite a estas religiones que sean factores en la construcción de la vida social”. “La laicidad justa –dictamina– es la libertad de religión”.

Este fundado y razonado diagnóstico describe perfectamente el escenario actual en el que en España se desenvuelve el hecho religioso, y la larga cita del pensamiento de Benedicto XVI es de una actualidad clarificadora en unos momentos en que en nuestro país la laicidad del Estado, fundamentada en la distinción entre lo secular y lo religioso, se quiere sustituir por el intento de imponer otro modelo de laicismo, definido por el modelo de la hostilidad y la indiferencia (entendida como falta de deferencia o del respeto debido) contra la religión, eliminando la aconfesionalidad del Estado prevista en nuestra Constitución.

La laicidad es compatible con la cooperación debida con todas las confesiones religiosas, no solo el cristianismo, conforme a los principios de libertad religiosa y la más estricta neutralidad confesional del propio Estado, realidad que el Concilio Vaticano II definía como el mutuo respeto a la autonomía de cada parte que debe existir entre el Estado y la Iglesia.

De una manera constante, en España se reiteran orquestadamente toda una serie de falacias que tan solo buscan desprestigiar a la Iglesia católica, imputándole una posición de privilegio, no frente a las otras confesiones, sino dentro de la propia sociedad.

Estos ataques no son improvisados, y además de un sectarismo anticlerical con un claro tufillo decimonónico, obedecen a un modelo ideológico basado en el relativismo que busca, como decía el Papa, reducir el hecho religioso al ámbito de lo privado.

La mentira de los privilegios fiscales de la Iglesia que estos días se intenta esparcir con motivo del pago del Impuesto de Bienes Inmuebles es la continuación de la mentira recurrente de que los acuerdos con la Santa Sede no solo son un privilegio injustificado, sino que además son anticonstitucionales.

La misma mentira de que se debe derogar la vigente Ley Orgánica de Libertad Religiosa, porque implica privilegios a la Iglesia frente a otras confesiones, además de no respetar la libertad religiosa. Por último, nada digamos del constante intento de acallar el fundamental papel de la Iglesia en la Transición, resaltando tan solo los excesos y privilegios del período llamado nacional-catolicismo.

Ninguna de estas acusaciones resiste el más mínimo análisis, y a la demostración de su falsedad dedicaré ordenadamente el contenido de esta columna, que además de defender la verdad, busca modestamente reflejar el compromiso histórico de una izquierda con los valores evangélicos.

En el nº 2.805 de Vida Nueva.