Nuestro destino de hombres

Fernando García de Cortázar, SJ, historiadorFERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR | Catedrático de Historia Contemporánea. Universidad de Deusto

“La responsabilidad del intelectual es inmensa: devolver la capacidad de esperanza, de caridad y de fe a un mundo cuya salvación corre peligro…”.

A medida que los días van transcurriendo, atestados de acontecimientos desfavorables, las cosas parecen más claras y la exigencia de un compromiso resulta más apremiante. No es esta una crisis a la que asistimos solo como espectadores.

Se trata de una crisis que vivimos y en la que nuestra existencia cobra una forma concreta y nos devuelve nuestra propia imagen, deformada por el estupor, por la irritación, por el desafío a nuestras esperanzas.

Cuando nos enfrentamos al riesgo de una quiebra de civilización, la realidad no acepta cómodos observatorios que la describan. Tales lugares ya no tienen una adecuada perspectiva, jalonada por la distancia y protegida por la frialdad. El análisis desde el exterior ya no contiene la pureza de una exacción de prejuicios, sino la impertinencia de la esterilidad.

En 1948, Albert Camus indicaba que la suciedad y el envilecimiento eran la materia de la historia. Sin poder actuar al margen de la miseria y los miserables, de los crímenes y de la impunidad, de los pecados y de la falta de arrepentimiento, correspondía a los intelectuales luchar dentro de la historia “para preservar esa parte del hombre que solo al hombre pertenece”.

Al igual que en aquel momento crítico de la segunda gran posguerra, nuestra palabra no es requerida como un aliento cuyo significado se evapora en frases de una calidez provisional y negociada. El intelectual que se precisa no debe refugiarse en su propia contemplación, investido de un pretencioso relativismo en cuyos juegos compensatorios se destruye el juicio moral.

La crisis amenaza con
un proceso de deshumanización
en el que se arriesgan dos mil años
de todo aquello que el cristianismo ha proporcionado:
la dignidad universal, la fraternidad,
la irrenunciable esfera de una libertad personal…

El hombre está sufriendo de una forma que no solo exige trámites de urgencia a cualquier análisis, sino que demanda la toma de una posición clara de quien observa e informa. Más que eso: no se le pide al intelectual que “tome” una postura: se le exige que la “tenga”. No se acepta ya el mensaje, por acertado que pueda parecer, porque las cosas han llegado a un punto en que las palabras deben tener la dimensión dolorosa de lo que evocan y tienen que pronunciarse desde esa misma aflicción.

La crisis amenaza con un proceso de deshumanización en el que se arriesgan dos mil años de todo aquello que el cristianismo ha proporcionado incluso a los no creyentes: la dignidad universal de los hombres, la fraternidad entre todas las criaturas, la irrenunciable esfera de una libertad personal que solo se sostiene sobre la libertad de todos.

La desesperación provocada por la desdicha actual tiene el peligro de llevarnos a renunciar a una tradición sin la que el hombre, tal y como lo ha definido nuestra fe, puede llegar a ser prescindible. En su lugar, nacerá la normalización del mal social y una concepción del ser humano que ya no se guiará por la esperanza en su redención y por la moral que inspira su conducta, sino por el cinismo de un mundo en el que la salvación de cada uno podrá soportar la condena de todos los demás.

El propio Albert Camus indicaba que, en las condiciones de pobreza y desolación de la posguerra, surgía la oportunidad de hallar el camino de la verdad, porque no teníamos nada con que sobornarla. La responsabilidad del intelectual es inmensa: devolver la capacidad de esperanza, de caridad y de fe a un mundo cuya salvación corre peligro.

Volver a defender la necesidad del hombre, tal y como fue perfilado por la tradición cristiana, cuando la crisis de nuestro mundo amenaza con hacerlo superfluo. Nos agarraremos a esa fe en el hombre huyendo de la constante llamada de la desesperación, de la indolencia, de la abdicación de nuestros derechos y deberes, de nuestra deshumanización. Y hablaremos para dar cuenta de lo que la vida humana tiene de necesario. Pange lingua.

En el nº 2.804 de Vida Nueva.

 

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