La monja despechada

JOSÉ LORENZO | Redactor jefe de Vida Nueva

“¿No tendríamos que empezar, dado el genotipo ibérico, con montar un “Patio Trasero” en donde los de casa comencemos por aprender a dirigirnos la palabra…?”.

El Atrio de los Gentiles ha dejado en Barcelona sembrada la semilla del diálogo entre creyentes y no creyentes. No se sabe de ninguna conversión, pero tampoco era eso lo que se pretendía. Fue la puesta de largo en nuestra tierra de una iniciativa voluntariosa, un injerto de sentido común que habría de presidir en este país las relaciones entre la fe y la cultura, entre el hecho religioso y la increencia en este tercer milenio que, en algunas cosas, parece añorar el primero.

Esta escenificación de los anhelos más sublimes del hombre expresados por la vía del diálogo, de la concordia, del encuentro y la reflexión, del respeto mutuo y la tolerancia apenas encontró eco en los medios. También aquí se podría decir que ni estaban ni se les esperaba.

Aquí estamos para otra cosa, como por ejemplo, para el rímel corrido por los lagrimones de la Esteban. O para seguir echando gasolina al incendio de Alcalá, la cuna de Cervantes, donde un obispo no midió sus palabras y, ahora, su ayuntamiento le declarara apestado oficial, todo ello en casposo contrapunto a lo de Barcelona, más propio de un corral de comedias: canónigos dolidos, comendadores ultrajados, vecinos atribulados…

¿No tendríamos que empezar, dado el genotipo ibérico, con montar un “Patio Trasero” en donde los de casa comencemos por aprender a dirigirnos la palabra, aunque sea cada uno desde una esquina?

En ese reparto me faltaba una monja despechada. La encontré lejos de allí, en una iglesia murciana, clamando al cielo por unas hipotecas que estaban por las nubes y que habían dejado al raso todo lo que había dentro de una burbuja inmobiliaria: un montón de hogares rotos. Leía un manifiesto contra los desahucios. La acompañaban otros religiosos y sacerdotes.

El tono, es verdad, era declamatorio. Pero como decía verdades como puños, sus palabras –puro Evangelio– las entendían todos. Creyentes y no creyentes las hicieron suyas y las difundieron por la Red. Otra manera de expresar lo mejor del ser humano: su capacidad de amar al prójimo y de condolerse con él de sus muchos infiernos.

En el nº 2.802 de Vida Nueva.

 

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