El estado, preocupante, de la fe en el mundo

EDITORIAL VIDA NUEVA | En los países occidentales hay menos creyentes. Es una de las conclusiones del reciente y exhaustivo estudio realizado por la Universidad de Chicago (Estados Unidos), titulado Beliefs about God across time and countries y que ofrecemos en este número a nuestros lectores.

Las otras conclusiones abordan el tema de la creciente religiosidad en países de otros ámbitos geográficos, el fundamentalismo religioso como respuesta a determinadas percepciones sociales y políticas, la influencia de la inmigración en el rediseño de los mapas de las creencias, el divorcio entre religión e Iglesias, un nuevo y creciente sentido de espiritualidad ligada al arte, la exploración de nuevos caminos hacia la trascendencia…

El informe ofrece las conclusiones tras el análisis de los datos recabados en 30 países distintos y en variadas franjas de edad. Un chequeo a la fe en el mundo, al papel de las religiones en la sociedad, un tema que también es denominador común en el magisterio de Benedicto XVI, preocupado por este descenso de la fe en Europa más concretamente. El estudio, no obstante, excede el ámbito europeo y se sitúa a un nivel global. Varios aspectos importantes merecen que posemos en ellos la atención.

Por un lado, el descenso de la fe se advierte de manera clara en los países más industrializados, que han visto cómo el crecimiento económico, científico y técnico ha desplazado a la religión, sin que se haya llevado a cabo una armonización adecuada. Una sociedad sin alma, se dice, pero que tampoco parece necesitarla. Es uno de los datos preocupantes.

El descenso de la fe se advierte
de manera clara en los países más industrializados,
que han visto cómo el crecimiento económico, científico y técnico
ha desplazado a la religión,
sin que se haya llevado a cabo una armonización adecuada.

Cuando el ciclo vital va acabando, la trascendencia asoma en el horizonte de quienes han vivido inmersos en la vorágine industrial y técnica. El papel de la religión, más que como sentido de vida, se presenta como ayuda ante la muerte. Urge, por ello, un replanteamiento de la fe desde posturas más vitales que muestren ofertas de sentido.

Por otro lado, se advierte cómo los flujos migratorios han servido a veces para revitalizar la fe en algunos países. La inmigración ha asimilado a veces la religión del lugar en el que se instala, o la ha rechazado, creando su coto cerrado, usando lo religioso como código de identidad que ayude a permanecer unidos en un mundo distinto –y a veces hostil–.

A veces también ha servido para alimentar con su savia la fe de los países de acogida. Todo ello muestra que la inmigración es un reto para la fe, no bien asumido en muchos lugares. La integración respetuosa es el camino para que no se establezcan formas paralelas de vida creyente.

También se aborda el auge del fundamentalismo. En momentos de relativismo, crece el extremismo y se usa la religión como arma arrojadiza en un contexto de exaltación nacionalista que niega el diálogo. La crisis actual abona este terreno. Hay que estar muy vigilantes ante este fenómeno.

En cuanto a España, no ha dejado de ser católica sociológicamente, pero sí decrece la práctica religiosa. El miedo al templo vacío pesa en la pastoral. La búsqueda de campos comunes donde la fe sea un servicio al bien común, cada uno desde su credo, dará credibilidad. Por todo ello, este estudio merece ser reflexionado.

En el nº 2.802 de Vida Nueva. Del 26 de mayo al 1 de junio de 2012.

 

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