Aplauso

Mª CARMEN LLOP. MADRID | Con estas líneas quisiera agradecer a José Lorenzo sus artículos, que defienden, muestran y resaltan la forma de Iglesia que muchos intuimos.

Todo cristiano, por el bautismo, es sacerdote (servicio), profeta (anuncio y denuncia) y rey (sostén de los sin recursos). Creo que esta es la labor desde su columna.

No soy economista, solo ama de casa; tampoco conozco al Sr. Botín, ni a ninguno de los propietarios de otros bancos, pero, gracias a una charla que dio un cristiano, catedrático de Economía en la Universidad Complutense, para mí está claro cómo surgió la crisis; es de todos conocido que esta es primero financiera y, en consecuencia, económica.

Sencillamente, la resumió así: si yo invierto un euro de mi ahorrador hasta veintiocho veces en productos financieros de alto riesgo y cien por cien especulativos, como fueron las “hipotecas basura” americanas, cuando esos productos e inversiones “virtuales” desaparecen, resulta que debo veintiocho euros y solo tengo uno. Así los bancos empezaron a desconfiar los unos de los otros, a cerrarse el crédito entre ellos, etc. Para no hundir la economía, hubo que inyectarles dinero público que solo ha servido para restañar sus agujeros.

Eso fue obra de los bancos, no de los clientes. Las consecuencias, en cambio, las pagamos los clientes, no los bancos. ¿Cuáles son? Destrucción del tejido social y económico, cierre de empresas, pérdida de puestos de trabajo, extensión de la pobreza, injusticias sociales… ¡Vaya, justo lo que Jesús denunciaba!

En unas confirmaciones, escuché a mi obispo decir: “¿Han oído ustedes pedir perdón a algún banco por esta situación? Que no les engañen. Los gobiernos solo gobiernan; mandar, mandan los mercados”. El aplauso fue espontáneo y unánime.

Sé que ni a la revista ni a su redactor jefe les hace falta mi aplauso, pero siento la necesidad de dárselo.

En el nº 2.800 de Vida Nueva.

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