El enfermo imaginario o el médico a palos

Cardenal Rouco en la inauguración de la Plenaria de abril de 2012

El cardenal Rouco, en la inauguración de la 99ª Asamblea Plenaria

JUAN RUBIO, director de Vida Nueva | La XCIX Asamblea Plenaria de los obispos españoles se abrió el lunes con un discurso del cardenal Rouco Varela. La próxima vez que los obispos se encuentren, celebrarán la centena de estas asambleas de un organismo creado por el Vaticano II para alentar la colegialidad y la comunión de cara a la misión.

El presidente dedicó pocas líneas de su discurso a la crisis económica. Los periodistas quedaron decepcionados. No era el momento para hacer un repaso al estado de la nación. Si lo hubiera hecho, le habrían llovido las críticas. Hubo decepción en el respetable de la pluma y la grabadora, pero el discurso no tuvo desperdicio a nivel interno y fue una muestra más de por dónde andan las cosas.

He echado un ojo a algunos de los discursos de sus colegas europeos y hay un denominador común: la necesidad de ahondar en una adecuada hermenéutica conciliar. La ocasión la brinda el Año de la fe, convocado por Benedicto XVI mediante el motu proprio Porta Fidei.

Hubo un concilio, se abrieron
las ventanas de la Iglesia.
Con el aire fresco entró el resfriado y, ahora,
hay que curar al enfermo con antibióticos.

De ahí que el discurso del cardenal madrileño ni entrara en las cacerías del Rey, ni en la recensión económica, la fluctuación del mercado de valores o la prima de riesgo. El discurso versó sobre cosas internas de la Iglesia y marcó las líneas por donde debía ir el nuevo Plan Pastoral de la CEE para los próximos años.

Un discurso sencillo y claro, con factura docente. Citas abundantes y excursiones magisteriales. Era lo propio. Hay otros foros para proponer una palabra de esperanza, aunque también es verdad que pocas veces se aprovechan los mismos para alentar, animar y dar esperanza. Hay demasiado silencio episcopal y hay veces en que las palabras han servido más para herir que para sanar. Pero el cardenal habló de lo que debía sin salirse del guión.

El nuevo plan de la Iglesia en España tendrá que abordar la tarea de la nueva evangelización en tiempos difíciles. Y la ocasión la brinda el Año de la fe y el aniversario del Vaticano II.

Y es aquí en donde las alarmas se encienden. Hubo una andanada contra las interpretaciones contrarias, favorecedoras de ruptura. Quedaron refrendados los documentos de la Plenaria de 1999 y de 2006 sobre la sana interpretación conciliar. Y en la base, el discurso del Papa a la Curia romana del 22 de diciembre de 2005.

No hay en el texto del cardenal nada que se salga del guión. Hubo un concilio, se abrieron las ventanas de la Iglesia. Con el aire fresco entró el resfriado y, ahora, hay que curar al enfermo con jarabes, bálsamos y antibióticos. Bien es verdad que el antibiótico mata, elimina y quita peligros. En esas estamos.

Tiemblan quienes lucharon por mantener abiertas
las ventanas y desde su silencio interior
proclaman que un concilio
solo puede ser reformado por otro concilio.

Tiemblan quienes lucharon por mantener abiertas las ventanas y desde su silencio interior proclaman que un concilio solo puede ser reformado por otro concilio. Pero se ha pensado en curar al enfermo con cama, comidas calientes, muchas friegas, sanos consejos doctrinales, mucho intimismo, escasos compromisos callejeros y antibióticos de tomo y lomo. No salir a la calle para evitar el frío. Hay que quedarse en casa para evitar corrientes de aire y contagios peligrosos.

Ha llegado la hora de curar al enfermo y no dejarlo a la intemperie. Recomiendo que se lea a Molière y su El médico a palos o El enfermo imaginario. El discurso del presidente es la prueba evidente del carácter medicinal del Año de la fe y del aniversario de aquella bocanada de aire fresco.

director.vidanueva@ppc-editorial.com

En el nº 2.798 de Vida Nueva.


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