El éxodo juvenil, una sangría dolorosa

jóvenes indignados en una protesta

JUAN RUBIO, director de Vida Nueva | Se están marchando con celeridad y no poca tristeza en el semblante. Se les ve con rostro ilusionado, pero con el alma triste. Buscan en las oficinas de extranjería y en los consulados un puesto de trabajo en el que recalar y sentirse útiles. Mejor poco lejos, que nada cerca.

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Buscan para comer y pagar piso compartido. No les inquieta el ahorro, pero quieren que se les brinde una posibilidad para mostrar que son capaces de desarrollar lo que aprendieron.

No tienen miedo al desplazamiento. Son una generación preparada para ser vagabundos. On the road es su lema. Andar y andar. Lo bueno de los viajes no es el destino, sino el camino mismo, Kavafis dixit en Ítaca. Son parte de una generación errante, expulsada del Paraíso del bienestar ficticio que enarboló una bandera que resultó ser falsa.

Se sienten estafados por los políticos y por los vendedores de humo. Saben que no son ángeles, pero tienen claro que tampoco son demonios. Se saben indignados y están dispuestos a unirse a cualquier protesta. ¡Les queda el derecho al pataleo!

La sangría de jóvenes continúa de forma alarmante.
Aquí no se les quiere ni se les valora.
La generación más preparada de los últimos cien años,
harta de indignación, pone tierra de por medio.

La sangría de jóvenes continúa de forma alarmante. Salieron para hacer algún que otro curso de Erasmus y vieron que más allá de los Pirineos había vida. No sabían de la “crisis de la civilización” europea tras el desastre de los años cuarenta, ni supieron del hambre o la Guerra Fría. Han oído hablar de un Mayo del 68, pero les suena a libro de historia, como la toma de la Bastilla o la Bahía de Cochinos.

Viajaron con su beca, mp3, sus vídeos, sus diccionarios, su soledad y nostalgia y sus ganas de que les pasaran muchas cosas, esas ganas que se sitúan en lo hondo del estómago y agitan la cabeza y la estimulan. Cansados de enviar currículum, de hacer cursos, másteres y pasarelas curriculares, decidieron hacer los macutos, como sus abuelos hicieron las maletas para rehacer una Europa en ruinas.

Ahora lo que buscan es salir de la ruina del alma en la que los ha dejado su propio país. Adiós, mi España querida. Se marchan sin lágrimas, se enrolan en un burger, o cuidan niños, lavando ropa, aprenden el idioma y prefieren ser mileuristas en Alemania que holgazanes en España.

Se van con un sentimiento ácido. Aquí no se les quiere ni se les valora. La generación más preparada de los últimos cien años, harta de indignación, pone tierra de por medio. Un éxodo nuevo, éxodo de nervio, de vida joven. Miran a Alemania, el motor económico europeo; pero también a Londres, a Italia e, incluso, a Brasil, emergente, vivo, lleno de colorido y de posibilidades, el continente dentro del continente americano.

Se sienten estafados por los políticos
y por los vendedores de humo.
Saben que no son ángeles, pero
tienen claro que tampoco son demonios.
¡Les queda el derecho al pataleo! .

Se van hartos de pasear su indignación por estas ciudades anodinas que solo les ofrecen pan, circo y noches blancas. Buscan que sus manos, su talento y su preparación pueda servir de algo. La imperfección de la juventud, semilla de auténtica revolución, es apartada de un panorama que empobrece a las personas.

Y no es pesimismo, sino realismo. Les cuento lo que André Gide dijo a un amigo: “Cuando los jóvenes vienen a pedirme consejo, me avergüenzo de mi incompetencia. Me siento terriblemente desesperado e incómodo. Me preguntan si hay alguna manera de salir de la crisis actual y si tiene sentido, si tiene su lógica y un destino detrás de este caos. Y quién soy yo para responderles, si yo también lo ignoro”.

director.vidanueva@ppc-editorial.com

En el nº 2.802 de Vida Nueva.

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