¿Rostro o rostros?

JESÚS M. BEZUNARTEA, OFM Cap. Correo electrónico | En el número 2.787 de la revista, en el que se presenta el tema de la Vida Religiosa con el titular en portada: “El nuevo rostro de la Vida Religiosa”, se presentan diversas opiniones y experiencias de Vida Religiosa hoy con las inquietudes típicas de quien teme por la supervivencia del propio carisma o del propio instituto.

Ante todo, me parece inapropiado ese titular, porque no existe tal “nuevo rostro”, y menos en grupos que tratan de trasplantar al siglo XX las experiencias religiosas de la Edad Media. A lo largo de la historia de la Vida Religiosa ha habido etapas muy marcadas con experiencias muy diferentes de la misma: del monaquismo a las órdenes mendicantes, y de estas a los institutos de vida activa de los últimos cinco siglos, por decirlo de una forma muy resumida.

Estamos en un tiempo largo de transición y me parece que hay mucha prisa por que nazca “el niño”; se escribe demasiado sobre la Vida Religiosa y se hace a menudo con una ansiedad por la supervivencia que no nos atañe.

Pienso que la única forma de cuidar el futuro de la Vida Religiosa, si amamos a la Iglesia y al mundo, es ser fieles a nuestro carisma; lo demás será consecuencia de esta fidelidad, de por sí “creativa”.

En el nº 2.796 de Vida Nueva.

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