Camilo Maccise: se nos fue un grande

Camilo Maccise, carmelita descalzo

JOSÉ MARÍA ARNAIZ | Camilo, el 16 de marzo de 2012 ha sido un día importante en tu historia, el de tu muerte. La noticia de la misma nos han convocado a muchos. Porque somos muchos los que te queremos, admiramos, agradecemos y en tu protección confiamos.

Y ello porque nos conmovió y convocó tu vida, que duró 75 años en esta tierra: tus palabras y escritos, tu presencia que traía la de Jesús, tu sonrisa, tu proceder transparente, tu amistad fiel, tu espíritu carmelita, tu fuerza profética, tu valor para decir la verdad, tus raíces libanesas y tu calidez mexicana, tu vigor y tu ternura.

De tus palabras nos quedan sobre todo estas: audacia, lucidez, compasión, creatividad, fidelidad. Con ellas, y otras cuantas más, armaste un pensamiento que sirvió a muchos, que abrió horizontes y puso claridad en la Vida Religiosa y eclesial de las tres últimas décadas.

Te llamaron la atención por escribir sobre “fidelidad creativa” y tuviste la gran satisfacción de ver que unos años después estas dos palabras se convertían en el título del nº 37 de la exhortación Vita Consecrata.

De alguien con quien te costó entenderte se dijo: el bien lo hizo mal y el mal lo hizo bien; de ti, en cambio, hay que afirmar con fuerza que el bien lo hiciste bien y el mal lo hiciste mal; gracias a Dios, como que no te salía hacer mal.

El mucho bien lo realizaste con generosidad y alegría, con libros y conferencias, con las columnas de esta revista Vida Nueva y las páginas de otras muchas. Hablabas para no olvidar lo que decías.

Recuerdo que en Bogotá me contaste una vez, y se me quedó para siempre, que la espiritualidad es como el agua de riego en verano, que tanto agradece el jardín y que consigue que se mantenga verde y florido. Sin el agua de la espiritualidad, el creyente se seca, se “agosta”, pierde hermosura y frondosidad.

Tu memoria, Camilo, seguirá viva. Viviste mucho y supiste mucho. Acertaste a dar con la alternativa e incluir en tu proceder hombres y mujeres, norte y sur, oriente y occidente, laicos y religiosos, creyentes y no creyentes.

Una pena que no llegaron a ver la luz tus “memorias”, que en parte pude leer y que están llenas de verdad y dan la clave auténtica para conocer bien algunos acontecimientos eclesiales de los que fuiste protagonista o testigo importante.

¡Qué bien hablabas del cielo en la tierra!; estoy seguro de que hablarás estupendamente de la tierra desde el cielo. Háznoslo saber. Como me prometiste al teléfono unas semanas antes de partir, sigue ayudándome y ayudando a muchos desde el cielo. Continuamos estando necesitados de tu inspiración, entusiasmo, ardor y palabra certera.

Que no pierdas la buena memoria que siempre has tenido y que reproducía con facilidad el plan de Dios, que es tu plan, como nos recordaste en tus últimos días con palabras de una carmelita buena: “Nazco cada día, muero cada noche… Lo que está en mis planes está en los planes de Dios” (Edith Stein).

En el nº 2.794 de Vida Nueva.