Cuando en Cádiz hubo un proyecto común

celebración del bicentenario de la Constitución de Cádiz

JUAN RUBIO, director de Vida Nueva | Amenazaba el francés, tras rebasar Ocaña. “Vivre sous L’Espagne!”, gritaba sobre sus alazanes, buscando el Estrecho, cerca ya de las ansiadas costas del Magreb. Restos de la Grand Armée. Coraceros, dragones, húsares y cazadores Oh la, la, la grandeur! Ir metiéndose en la piel de las Españas, lentamente, como dijera Miguel Artola. Altanería en el gesto y desdén en la mirada.

Huyó el rey, acariciándose el cuello y recordando La Bastilla. En Bailén, el sol quemó la ofensiva elegancia. Y el pueblo empezó a sentirse soberano. Se vio empujado a parlamentar. Los gritos se volvieron razonados juicios. ¡Cómo se engrandece un pueblo cuando sus gobernantes empequeñecen con felonías!

Alejados del fragor guerrero, en la Isla de León, San Fernando y, después, en Cádiz, arrinconados, soliviantados, con la amenaza gabacha, con los guerrilleros en el monte, las vilezas internas, las tierras del Ultramar soliviantadas y con el océano a las espaldas, cuajaron una nación de los despojos de un reino.

Pocas eran ya las varas de tierra que le quedaban al viejo imperio en el que nunca se ponía el sol. Le quedaba, sin embargo, un aliento para luchar por la soberanía secuestrada en Francia. Arrinconados, lacerados y esquilmados, fertilizaron el futuro y fueron testigos de un momento estelar, boreal, primigenio y matriz.

En Cádiz nació la soberanía de la nación española y quedaron en los museos las glorias de una monarquía absoluta timorata, irresponsable.

Militares, representantes del alto clero, funcionarios y profesores, convocaron las Cortes y, el 19 de marzo de 1812, cuajaron nuestro primer texto constitucional. Aquel día, Cádiz recibía los fuertes vientos del Atlántico que descargaron en tormenta sobre la blanca y vieja ciudad, antesala del Mare Nostrum.

Nadie puede negar a la Iglesia
su participación activa
en el alumbramiento del constitucionalismo.
Negarlo es una felonía más
en este país ahíto de falacias históricas.

Alcalá Galiano narra cómo cantaban los gaditanos los vientos huracanados de aquella tarde casi primaveral: “Del tiempo borrascoso/que España está sufriendo/ va el horizonte viendo/ alguna claridad./ La aurora son las Cortes/ que con sabios vocales/ remediarán los males/ dándonos libertad”.

Y nació el constitucionalismo, un horizonte claro y nuevo. Era el parto de una nación, como bien repite García de Cortázar. Atrás quedaba la ruina de una dinastía que no supo velar por su gente.

Un rotativo madrileño publicaba una gran fotografía de los actos conmemorativos, muchos de ellos celebrados en viejas iglesias y conventos. Un Corazón de Jesús presidía los actos. Y en la programación, el escenario religioso es patente.

Nadie puede negar a la Iglesia el papel destacado de entonces, su participación activa en el alumbramiento del constitucionalismo. Negarlo es una felonía más en este país ahíto de falacias históricas.

El treinta por ciento de los diputados eran clérigos, los medios materiales que la Iglesia tenía se pusieron a disposición del proyecto: edificios, bibliotecas, mobiliario y hasta el montante de alguna que otra venta para sufragar gastos en una ciudad pequeña repleta de gentes.

Y como recordó el anterior obispo de Cádiz, Antonio Ceballos: “La Iglesia ofreció la fe y la visión cristiana de la vida y de la organización social, según los esquemas culturales y religiosos de la época, lo cual quedó reflejado en el propio texto de la Constitución”. Y fue entonces cuando empezó esta tarea inacabada después de dos siglos de andadura.

director.vidanueva@ppc-editorial.com

En el nº 2.794 de Vida Nueva.

 

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