Adviento 2011. La sala de espera de Dios

niña mira juguetes en un escaparate

JOSÉ MARÍA RODRÍGUEZ OLAIZOLA, SJ | El  domingo 27 de noviembre arrancaba el Adviento, cuatro semanas de espera y de preparación a la Navidad. Pero, ¿qué significa esperar a Dios?, ¿por qué ahora?, ¿dónde atender a sus promesas?… Estas páginas nos invitan a dar respuesta a preguntas que, un año tras otro, surgen con la llegada de este tiempo de búsquedas y sueños. Que las imágenes y reflexiones que aquí se proponen nos animen a entrar en la sala de espera de Dios y dispongan todo nuestro ser para la gozosa llegada del Mesías.

Hablar de espera tiene un punto contracultural hoy en día. No estamos acostumbrados a esperar. Llevamos décadas viviendo al día. Llevamos años asistiendo, con una mezcla de admiración, interés y sorpresa, a la capacidad de la técnica para reducir las distancias y los tiempos.sala de espera estacion

Los más jóvenes no se acuerdan de lo que era escribir una carta que tardaría días en llegar. La velocidad es un imperativo contemporáneo. Alta velocidad para los transportes, ancho de banda para las telecomunicaciones, programación a la carta para los televidentes, inmediatez para los encuentros. Hoy en día causa furor el wassup, una forma de comunicación instantánea que hace que las personas puedan estar intercambiando mensajes en cualquier momento con sus amigos, familiares y conocidos a través de móviles y otros dispositivos portátiles. Parece que la inmediatez es una batalla ganada.

Sin embargo, querámoslo o no, la espera sigue siendo parte de la vida. Porque somos humanos, y por esto mismo capaces de desear y de imaginar. Una combinación poderosa, esta de imaginación y deseo. El deseo nos empuja, nos ilumina, nos hace buscar. Deseamos de muchas maneras, y nuestro anhelo tiene muchos objetivos, materiales o inmateriales, efímeros o duraderos, personales o impersonales…

Como además tenemos imaginación, anticipamos lo que podría ocurrir si esos deseos se cumplen. Y si lo vemos posible, aunque sea difícil, la espera se convierte en esperanza. El reverso de esto es el miedo, cuando tememos lo que puede ocurrir; y lejos de desearlo, quisiéramos evitarlo.

Aunque nos vayamos desacostumbrando a esperar, por aquello de la inmediatez, la espera nunca desaparecerá de nuestras vidas (afortunadamente). Porque en nuestro horizonte está el futuro. Y el futuro es el tiempo de las promesas, de las posibilidades, de los deseos que aún no han tomado cuerpo. Aunque no toda espera es tan sublime, bucólica o esencial. En realidad, la espera empieza en el momento que algo no ocurre ya mismo. Esperamos en la cola de un comercio para pagar; o en clase, desmoralizados por la lentitud con que transcurren los minutos.

Querámoslo o no, la espera sigue siendo
parte de la vida.
Porque somos humanos, y
por esto mismo
capaces de desear y de imaginar.

En el aeropuerto, uno de los pocos lugares donde te exigen llegar con tiempo, y todavía existe algo llamado “sala de espera”. Lo mismo que en los servicios médicos –ambulatorios, consultas, hospitales…–, donde también toca esperar. Esperamos una llamada que no llega (y quizás desesperamos); o el resultado de un examen, en esa eternidad que transcurre desde que lo entregas hasta que lo corrigen y publican las notas; algunos padres, inquietos y preocupados, esperan en duermevela a que lleguen a casa sus hijos por la noche. Solo entonces podrán descansar bien.

Esperamos que termine de descargarse un archivo. Hay quien espera, con entusiasmo, que llegue la fecha en la que sale al mercado un producto que le entusiasma; o que se estrene en los cines la última película de su actor favorito. Hay jóvenes que pasan dos días en la puerta de un estadio anticipando un concierto –algunos de ellos tardarán menos tiempo en olvidarlo del que han pasado en la cola, pero esa es otra cuestión–.

Esperas que merecen la pena

Hay algunas esperas que son un engorro, un verdadero incordio. Podríamos perfectamente prescindir de ellas. No nos aportan nada. Como mucho, nos ayudan a ejercitar la paciencia. Pero hay otras que son bonitas. ¿Qué sería de la vida sin la capacidad de anticipar? Pongamos el ejemplo del amor.

Es verdad que hay quien prefiere vivir las relaciones –también el afecto– en versión exprés, con poca inversión vital y poco desgaste. Pero quien alguna vez ha estado enamorado, sabe que, si te corresponden, la relación se vive en el tiempo en que la pareja está junta, pero también en el tiempo en que, separados, se esperan, se anticipan, se imaginan. Y así, los abrazos reales heredan otros muchos que se han soñado antes.

Esperar a Dios empieza por
entender que Dios,
el que es Palabra,
tiene algo que decirnos.

Una cita se vive cuarenta veces en la cabeza, hasta que se materializa. Uno anticipa las palabras que va a decir, idea situaciones, dedica, quizás, horas a preparar alguna sorpresa, algún regalo. Sí, caramba, el amor sin espera pierde romanticismo.

¿Quién espera a Dios?

Y en medio de todo esto, ¿quién espera a Dios? Porque de eso va la espera del Adviento. Son tantas las promesas efímeras, brillantes, cotidianas y quizás comprensibles que estos días nos asaltan, que no tenemos mucho tiempo para dedicarle a otra promesa, la de Dios-con-nosotros.

Esperar a Dios no es algo fácil. Porque, ¿de qué se trata? ¿Es esperar los momentos de celebración? ¿La Misa del Gallo, el belén de mi parroquia, los villancicos cargados de evocaciones infantiles, los relatos sobre el nacimiento de un niño en un portal, historias que podríamos repetir con los ojos cerrados?

¿O acaso debemos esperar algo más personal, único, espiritual…? ¿Va Dios a venir otra vez? ¿Acaso tenemos que echarnos a la calle para indagar en los pesebres de nuestro mundo, a ver si en alguno de ellos reconocemos al Dios niño? ¡Qué lío!, ¿no?

lunes de navidad en la calleEsperar a Dios empieza por entender que Dios, el que es Palabra –una Palabra que se hace carne, como recordamos en la liturgia de la Navidad– tiene algo que decirnos. Ese es un buen recordatorio. Para todos. No creo que haya nadie que lo tenga todo claro sobre Dios. Bueno, en realidad, no creo que nadie lo tenga todo claro en general: ni sobre Dios, ni sobre los otros, ni sobre uno mismo.

Y respecto a la fe, nadie que haya integrado perfectamente su mensaje, su palabra, su proyecto, su lógica. Nadie que deba sentarse, ufano, pretendiendo que lo tiene todo claro. Es verdad que hay muchas personas que, de algún modo, terminan actuando así, por el lado de la fe (gente que hace años que dejó de percibir novedad en el Evangelio, instalados en unas creencias algo atrofiadas), y por el lado del ateísmo (instalados en una increencia práctica o teórica que no admite fisuras).

Pero lo sorprendente de Dios y su Evangelio es que constantemente nos desinstala, nos pone ante encrucijadas nuevas, y hace que la propia vida se ilumine de forma distinta. En ocasiones esa novedad es exigencia, o reto, o un toque de atención sobre algo que necesita reforma en nuestra vida. En otras ocasiones, es una palabra de amor que necesitábamos escuchar, o luz sobre una manera de ver el mundo. Y en otras ocasiones tiene que ver con que descubrimos algo distinto en Dios. El que toda la vida cree en Dios como creía a los cinco años tiene un problema.

Pliego íntegro, en el nº 2.778 de Vida Nueva.