Cibeles inauguró la fiesta de la fe

La Plaza de Cibeles estaba abarrotada

M. Á. MALAVIA – F. OTERO | Al menos, desde dos horas antes de la Eucaristía inaugural de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), ya no cabía un alfiler en el corazón de Madrid, extendiéndose la multitud por las principales arterias que salen de la Plaza de Cibeles. El tramo que va desde la Puerta de Alcalá estaba “tomado” por unos 8.000 sacerdotes, provenientes de todos los rincones del mundo, que concelebrarían en la misa.

A las ocho en punto, 800 obispos y cardenales salieron en procesión. Entre bastidores, en la puerta del Ayuntamiento de Madrid, ante cuya fachada estaba situado el altar, obra de Ignacio Vicens, la tensión crecía por momentos. Los voluntarios colocaban sillas y ultimaban hasta el más mínimo detalle para que nada fallara.

Finalmente, todo salió bien. El calor era insoportable. Pero lo que caldeó el ambiente, ya en la homilía del cardenal de Madrid, Antonio María Rouco Varela, fue el recuerdo de Juan Pablo II, patrono de la Jornada y a quien se dedicó la misa.

Las argentinas Marita y Eliana

Ante el altar, Patricio, con su bandera de Chile al cuello, no perdía detalle. Profesor de un colegio dominico, venía acompañando a 55 alumnos de Santiago. Estaba, directamente, impactado: “Nunca había visto algo así. Se critica a los jóvenes, pero ves esto y choca. Es una experiencia extraordinaria conocer a gente que te trata al instante como un amigo, que comparte cualquier cosa contigo”.

A su lado, provenientes de Chilecito, en La Rioja argentina, Marita y Eliana esperaban la comunión profundamente emocionadas. Marita, de 27 años, explicaba que estaba aquí “por la Gracia de Dios”. “Justo antes de que saliera el vuelo, se arregló un problema con mi pasaporte”. Eliana, de 28 años, decía que era “un sueño cumplido. Nunca habíamos salido de Argentina, y nos llevó un año de duro trabajo para conseguir dinero”. Junto a ellas, gente de su parroquia que iban desde los 13 años hasta “jóvenes” de 70.

El clima que generó la misa, ya mientras anochecía, era muy especial: silencio, el recogimiento, la emoción y el continuo ondear de banderas de países como Uruguay, Francia, Chile, Brasil o Portugal. Unas enseñas de España y Alemania permanecían unidas en honor de Benedicto XVI. Un tapiz multicolor que contrastaba con el blanco y homogéneo bloque de estolas y pectorales de los cardenales y obispos concelebrantes en torno al altar.

Patricio, chileno

Con la bendición y el anuncio de que junto al ambón se encontraban unas reliquias del beato Juan Pablo II, una gran ovación estalló entre los fieles allí congregados. Concluida la misa, una riada humana se unió a las que ya inundaban las cercanas plazas de Neptuno o de Colón. Unos subían y otros bajaban; a un evento cultural, a un concierto o a dormir: botando, cantando, uniendo sus manos, levantando sus banderas. Madrid, literalmente, vibraba.

 

Y es que el primer contacto de esta juvenil multitud sorprendió a un Madrid apagado y distraido, entre el relax de las vacaciones y las urgencias de la crisis económica. Lo refleja el testimonio de Isabel, una periodista que no dejó de asombrarse durante la tarde del martes ante la variedad de nacionalidades llegadas hasta la capital.

Puede ser que, para el que ya conozca lo que significa una JMJ, no le extrañe, pero para el que acaba de tomar contacto es impactante. Es una oportunidad y un testimonio.

Más aún cuando se descubre que todavía no ha llegado el Papa, y se ve cómo todos los presentes, sin importar procedencia o raza –por ejemplo, compartían espacio banderas de Israel y Palestina–, muestran al mundo que es posible la convivencia, la paz.

En el nº 2.765 de Vida Nueva.

-

NÚMERO ESPECIAL de Vida Nueva

-

Todo sobre la JMJ 2011 Madrid en VidaNueva.es