Acción Católica, el “seminario” de los laicos diocesanos

JOSÉ MANUEL MARHUENDA SALAZAR, consiliario general de ACG | A mí me gusta llamar a la Acción Católica General (ACG) el “seminario de los laicos”, pues, como dicen los obispos en Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo (CLIM), “la AC no es una asociación más, sino que en sus diversas realizaciones tiene la vocación de manifestar la forma habitual apostólica de ‘los laicos de la diócesis’, como organismo que articula a los laicos de forma estable y asociada en el dinamismo de la pastoral diocesana” (95).

José Manuel Marhuenda

La AC no tiene un fundador con un carisma específico. Como indica Salvador Pié-Ninot, que intervino en la Asamblea Constitucional de la ACG celebrada en Cheste en 2009, su identidad “surge de la misma teología de la Iglesia diocesana y de la necesidad que tiene de estimular y asegurar su misión evangelizadora en el mundo por medio de sus laicos”. Por eso, la AC no tiene sus propios y particulares objetivos apostólicos, no puede tener otro objetivo apostólico diferente del fin global de la Iglesia, la evangelización, que ha de poner en práctica a través de los planes pastorales y prioridades que le marca la Iglesia; concretamente, la propia diócesis.

Mutua implicación entre pastores y laicados

De ahí que la 4ª Nota definitoria de la AC señale la comunión orgánica con el ministerio pastoral. Se subraya de este modo que las cotas de comunión necesarias para toda asociación de fieles cuya finalidad es el apostolado, adquieren en la AC un mayor nivel, que surge como voluntad de una mutua y explícita implicación entre los pastores y el laicado para llevar adelante la misión de la Iglesia. De ahí que el ministerio pastoral promueva tales organizaciones y adquiera respecto a ellas una responsabilidad especial.

Esta mayor vinculación también significa que el ministerio pastoral se compromete especialmente con la AC, “asociándola más estrechamente a su propia misión apostólica (…) sin privar, por ello, a los seglares de su necesaria facultad de obrar espontáneamente”.

¿Esto quiere decir que los obispos, por esa vinculación más estrecha con la AC, no estén a favor de las otras formas de apostolado seglar o de los nuevos movimientos? No. Los pastores deben promover y orientar la vitalidad y acción de todas las formas de apostolado; pero, en el caso de la AC, es preciso ir más lejos.

Del mismo modo que podemos llamar a la AC “el seminario de los laicos”, podemos pensar en los nuevos movimientos como en “el noviciado de los laicos”. Estos movimientos han surgido del carisma que el Espíritu ha suscitado en un fundador, con sus propios y particulares objetivos apostólicos. Y así, como ese “noviciado de los laicos”, y desde su carisma concreto, se ponen al servicio de la Iglesia en la diócesis.

Del mismo modo que no sería lógico que un obispo potenciase en su diócesis un noviciado concreto en detrimento del seminario diocesano, tampoco cabría en la cabeza que un obispo en su diócesis apoyase a los nuevos movimientos en detrimento de la AC.

Un problema real

Fernando Sebastián, en Evangelizar (pp. 221-222), escribe: “La importancia que hoy tienen los grupos y movimientos dentro de la Iglesia, hace que el obispo diocesano se encuentre a veces sin saber a quién recurrir para impulsar sus proyectos pastorales: unos sacerdotes están en los movimientos y cumplen sus respectivas consignas; otros forman parte de otras asociaciones parecidas; lo mismo ocurre con grupos importantes de seglares. Todos ellos viven y trabajan ejemplarmente, pero cada grupo responde a sus propios dirigentes y a sus propias consignas: no se sienten afectados por las convocatorias del obispo. Solo cuando sus respectivos superiores lo recomiendan así, acuden a los actos diocesanos. En estas condiciones, las posibilidades de actuación del obispo están muy reducidas y, a veces, no tiene más salida que ponerse en manos de un movimiento o de una institución particular, distinta de la diócesis”.

“Si, además, las parroquias, en vez de imitar el fervor de estos cristianos asociados, viven tibiamente, dominadas por la crítica, más o menos al margen de la comunión diocesana –continúa el arzobispo–, el obispo se siente impotente para impulsar la vida de la diócesis. La unidad de vida y acción en nuestras Iglesias es hoy un problema real, a veces un problema agudo, que oscurece la alegría de la comunión eclesial y merma nuestra capacidad apostólica y misionera; bien merecería una revisión de conjunto, humilde y sincera”.

En mi corto recorrido como consiliario general de ACG, estoy viendo que en algunas diócesis y entre algunos obispos se ve a la AC como un movimiento más. Ya no la ven como el “seminario de los laicos” de la diócesis, sino como un “noviciado de los laicos”, junto a otros, y sin sentir ninguna vinculación especial hacia ella.

Con lo que me surgen preguntas: si la AC deja de ser el “seminario de los laicos” en España, ¿quién se va a ocupar ahora de la formación de los laicos diocesanos que no se identifican con ningún carisma particular, grupo o movimiento de la Iglesia, sino que son precisamente eso, laicos diocesanos, sin otro “apellido”?

En el nº 2.757 de Vida Nueva (artículo íntegro para suscriptores).

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